martes, 19 de mayo de 2009

Australia


Una película "como las de antes". De larguísima duración, con una trama "bigger than life", "más grande que la vida", en un marco histórico y paisajístico de proporciones épicas, y contenedora de la apasionada historia romántica de rigor. El australiano Baz Luhrmann aparca de momento las aproximaciones "modernillas" de su "Trilogía del telón rojo" (El amor está en el aire (1992), Romeo y Julieta, de William Shakespeare, Moulin Rouge) y aborda su film, un canto de amor a su país, con asumido clasicismo, y referentes de la talla de Lo que el viento se llevó, Memorias de África, Titanic y, en general, todo el cine de David Lean. Tales intenciones caen bien, se ganan la simpatía del espectador.Sarah Ashley, una aristócrata inglesa, acude a Australia a reunirse con su marido, que está negociando la venta de una explotación ganadera. Dama de fuerte carácter, pero a la que la vida ofrece pocos alicientes, deberá afrontar su inesperada viudez, y la aventura de transportar sus 1.500 reses a Darwin, para venderlas al ejército, necesitado de aprovisionamientos por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Le ayudará en la empresa Drover (el Arriero), tosco aunque magnífico profesional, con el que surgirá progresivamente la chispa del enamoramiento. El viaje ayuda a Sarah a descubrirse a sí misma gracias a la fuerza redentora del amor, dirigido no sólo a Drover sino al adolescente aborigen Nullah, y a los otros miembros de la expedición. No faltan sin embargo los obstáculos, sobre todo de parte de Fletcher, un antiguo capataz que trabaja a las órdenes de Carney, el rey del ganado. Esta primera parte del film funciona muy bien, como un western bien engrasado, con pinceladas melodramáticas y humorísticas: se perfilan los personajes -estupendos Nicole Kidman narrando torpemente un cuento, la antítesis de Isak Dinesen en Memorias de África, y Hugh Jackman dando puñetazos a diestro y siniestro-, hay escenas memorables como la de la estampida, se introduce la cuestión de los aborígenes, su espiritualidad y la llamada "generación robada", el confinamiento de los mestizos en misiones religiosas por orden del estado. El remate de todo este tramo, el baile y la proyección en un cine de El mago de Oz -motivo recurrente para hablar de la añoranza del hogar y de los sueños que se hacen realidad- es perfecto.
Luego, como suele ocurrir en estas películas-río, se cambia el paso. Y Luhrmann lo hace con excesiva brusquedad. Se dibujan entonces las discrepancias que surgen en la pareja protagonista en torno a cómo debería ser educado el huérfano Nullah, peripecia que discurre con el telón de fondo del poco conocido bombardeo japonés a Darwin, comparable al sufrido por los americanos en Pearl Harbor. Aunque de nuevo la grandiosidad de lo que vemos en pantalla resulta apabullante, se pierde algo en lógica narrativa y de evolución de los personajes. Hay un enfatismo excesivo en los momentos culminantes, cuando hay vidas en riesgo o se producen los felices reencuentros, ello a pesar del inteligente uso de la partitura musical de David Hirschfelder. Aunque logra un film notable y de éxito seguro, pesa demasiado a Luhrmann la autoconciencia de que está manejando algo muy grande, que debe transmitir emociones auténticas, lo que le dificulta que éstas surjan sin ser forzadas.

domingo, 10 de mayo de 2009

La ola


VALORACIÓN PERSONAL CINEDOSIS: película con mensaje de las que te hacen reflexionar. Muy bien trabajada. Durilla.
DeCine21: Dennis Gansel ya demostró en Napola que le interesan los jóvenes y la atracción que pueden ejercer en ellos las ideologías totalitarias. Éste es justamente el tema de La ola, aunque situado en un contexto contemporáneo en vez de nazi. La trama gira alrededor de Rainer Wenger, un carismático profesor de instituto que ansiaba dirigir un proyecto educativo en torno a la anarquía; un profesor se le ha adelantado, y debe conformarse con abordar en su clase la autarquía. Relacionándolo con el surgimiento de dictaduras, el fascismo y el nazismo, Wenger articula unas sesiones muy prácticas, en que presenta los elementos que explican su atractivo: espíritu de grupo, ideales comunes, ayuda mutua, uniformes y parafernalia exterior... Un día les pide que vengan todos con vaqueros y camisa blanca, o que diseñen un logo, o que... Los chicos empiezan a entusiasmarse con ese movimiento que denominan "La ola". Parece que ganan en autoestima y espíritu de iniciativa. Pero puede que dicha "ola" se transforme en "tsunami", un caldo de cultivo de actitudes violentas, abuso de poder y desprecio de las minorías.
Se puede decir que la trama de este film está mejor planteada que resuelta, es una pena que Ganser y Peter Thorwarth, que adaptan a la Alemania de hoy una novela de Todd Strasser -la acción del libro ocurre en Estados Unidos-, no hayan ideado un final más redondo. La idea tiene pegada y se presta al debate, y advierte no sólo de los peligros de determinadas ideologías, sino también del adocenamiento juvenil, que se aburre soberanamente con su droga, su alcohol, su sexo y sus fiestas, y que necesita algo más. También es sugerente el dibujo del profesor protagonista, que pierde el control del experimento, y que no toma todas las medidas necesarias para que las aguas vuelvan a su cauce, por pura vanidad; entre los personajes de los estudiantes, algunos interesan más que otros, y el destino que aguarda a alguno se ve venir. Gansel imprime a la narración un ritmo dinámico, muy "heavy", tanto en las actividades clandestinas de los chicos, como en esas clases que galvanizan al alumnado y en los partidos de waterpolo.

Quantum of solace 007


Continúa el preceso de humanización de Bond, James Bond, en la nueva etapa de la franquicia del agente secreto, propiciada por la incorporación de Daniel Craig a la hora de encarnar al personaje, y del trío Paul Haggis-Neal Purvis-Robert Wade en la elaboración de las tramas. La cosa arranca apenas una hora después de los acontecimientos narrados en 007 Casino Royale, con Bond roto de dolor por la muerte de Vepper, la mujer de la que se había enamorado; 007 ha vuelto a convertirse en un hombre de hielo, que sólo piensa en vengarse, lo que no hace mucha gracia a M. En cualquier caso la organización a la que se enfrenta el MI6 es superpoderosa, pues logra infiltrar agentes incluso en los propios servicios secretos británicos, que quizá sólo operen despues de años de servicio aparentemente leal. Como es de imaginar, Bond irá dando brincos de un punto a otro del planeta, para enfrentarse a una conspiración que implica a generales golpistas de Bolivia, y a millonarios empresarios del sector de la energía con aparentes preocupaciones ecológicas. En el camino se encontrará con la hermosa mujer de turno, en este caso Camille, quien comparte con 007 la motivación de la venganza.
Está claro que el tándem de productores Michael G. Wilson-Barbara Broccoli se siente muy seguro del cambio de rumbo emprendido por la saga, de lo que parece un síntoma la arriesgada elección de un director improbable para el film, Marc Foster (Monster's Ball, Descubriendo Nunca Jamás, Cometas en el cielo). El realizador es consciente de que se cuenta con él para insuflar vida a los personajes, dentro de lo que permite el molde Bond, y que a la vez tiene que entregar impactantes secuencias de acción. El resultado está a la altura de lo esperable, aunque quizá cabía esperar de Foster algo más emocionante en lo que a lo dramático se refiere. Diríase que la saga de Bourne ha creado escuela, ése parece el modelo a seguir. Y junto a los toques de humanidad, tenemos esas escenas impactantes que el espectador aguarda, de entre las que sobresale la persecución por los tejados de Siena, que culmina en el interior de la cúpula de una iglesia en restauración. En el reparto, Craig sigue afianzándose como Bond humano. Para casi todos los actores, la cosa es pura diversión, desde Judi Dench, a Giancarlo Giannini, o el hispano Fernando Guillén Cuervo. Olga Kurylenko es la chica Bond para la ocasión, se diría que las pelis de la acción se la rifan (ahí están Hitman y Max Payne), y aquí, además de belleza, aporta cierto toque de fragilidad a su personaje.

domingo, 3 de mayo de 2009

Love & honor


Comer tiene sus riesgos... Que se lo digan a Shinnojo Mimura, un samurái de rango inferior, que junto a otros compañeros trabaja como catador de los alimentos que ingiere su señor, por si acaso algún enemigo los hubiera envenenado. Se trata de una tarea en apariencia sencilla, aunque sin demasiados alicientes; y Mimura, casado con la bella Kayo y sin niños, desearía crear una escuela de guerrear para chavales, que le encantan. Pero cualquier plan de futuro da un vuelco cuando un día un plato le sienta mal. Cunde el pánico, aunque finalmente se demuestra que no había ningún complot, que el problema residía en las toxinas de cierto molusco. Pero el caso es que Mimura se queda ciego y pierde las ganas de vivir. Sólo le sostiene el cariño de su esposa y los cuidados de un sirviente. El gran problema, claro está, reside en cómo saldrán adelante ahora. Se reunirán los familiares con Kayo, y acuerdan que ésta pida ayuda al jefe de guerreros Toya Shimada, que se ha mostrado muy amable con ella... En realidad, demasiado amable. El tipo sólo está dispuesto a ayudar a cambio de disfrutar de los encantos de Kayo.
Yoji Yamada (El ocaso del samurái) sigue demostrando su gran altura como cineasta, con otra historia de samuráis con personajes muy humanos, y un aire que bascula entre las películas de John Ford y las de su compatriota Yasujiro Ozu, incluida la habilísima conjunción del sentimentalismo que propicia las lágrimas con sutiles detalles de humor. A partir de la novela de Shuuhei Fujisawa sabe tomarse su tiempo para plantear la trama y desplegar los complejos dilemas morales de los personajes, sobre todo los que atañen a Mimura y Kayo, donde el amor y el honor mal entendidos pueden llevar a acciones de las que uno luego puede arrepentirse, y en cambio bien encauzados dan pie a actos maravillosos, donde la humillación no es tal, sino todo lo contrario, el mejor modo de brillar, que es siendo virtuosos. Tiene mucho valor esa sentencia repetida un par de veces en el film, de que "la vida es una preparación para la muerte".
Como es habitual, el cineasta articula una puesta en escena que no se hace notar, con la cámara quieta, sin grandes aspavientos. Los actores dan lo mejor de sí mismos, tanto Takuya Kimura, el samurái ciego, como Rei Dan, su enamorada esposa, o Takashi Sasano, el fiel sirviente que introduce el elemento gracioso en varios momentos, el mismo papel que se reserva a la chismosa tía del protagonista. Estamos ante una historia de personajes sobre todo, pero eso no impide un emocionante duelo en el último tramo del film, o un inteligente uso del simbolismo, la jaula de los pájaros, una imagen que ya utilizara Ozu, y que habla de las jaulas que imponen las circunstancias, y las que nosotros mismos escogemos.

Leones por corderos


Película de interesante trasfondo político y social, con trama a tres bandas. Janine, una veterana periodista televisiva, ha sido requerida para una entrevista en exclusiva por Jasper, un senador republicano con aspiraciones presidenciales. En la conversación a solas de una hora le explica la nueva estrategia contra el terrorismo en Afganistán e Irak que está impulsando. Arian, un soldado negro, y Ernest, un soldado mexicano, amigos desde su época universitaria, participan en esa nueva estrategia, a resultas de la cual quedan atrapados y cercados tras las líneas enemigas talibanes. Estos dos hombres eran de los mejores alumnos de Stephen, profesor de una universidad de Los Ángeles, que alecciona a un brillante pero frívolo pupilo con su ejemplo, para que se tome en serio su formación cara a contribuir en algo en la construcción de la sociedad.

Robert Redford entrega un buen film -es sólido el guión de Matthew Michael Carnahan, hermano del director Joe Carnahan-, que en ningún momento oculta su evidente intención didáctica, algo que está subrayado incluso en el hecho de que Redford se reserve el papel del profesor. Evitando la demagogia fácil, se entrega una radiografía de la sociedad estadounidense que ofrece elementos para el debate, en lo que se refiere a la actitud de los políticos -que aunque sean sinceros patriotas, a veces piensan en términos globales sin considerar los costes humanos personales, o se mueven por la ambición-, los medios de comunicación -que preocupados por su audiencia, han abandonado su papel de control del gobierno, siendo un elemento más en la correa de transmisión de sus mensajes-, los profesores -que tienen un maravilloso papel que realizar, haciendo conscientes a sus alumnos de sus talentos, pero que corren el peligro de convertirse en unos teóricos- y la juventud -aquí se confronta la ilusión de las mejores cabezas de las minorías negra e hispana, por ser reconocidos por sus conciudadanos, con el adocenamiento de otros jóvenes sin ideales, que sólo piensan en fiestas y desperdician sus vidas-.

En un título como el que nos ocupa es vital la suave transición de un escenario a otro, y Redford logra engarzarlos con gran naturalidad. No sólo eso, sino que el conjunto tiene una gran cohesión. El reparto es excelente: resulta curioso como Meryl Streep puede saltar de la directora de una revista femenina en El diablo viste de Prada a la periodista liberal e incisiva de este film, dos personajes con la misma profesión pero muy dispares; Tom Cruise sabe dar encanto a su personaje, muy humano y nada demonizado, en su primera producción en United Artists; están muy bien los soldados, ese gran Michael Peña, cuyo papel podría recordar al de World Trade Center, pero que tiene su entidad propia, aquí es un estudiante, allí era un padre de familia, aunque en ambos casos los personajes esperen el ansiado rescate; y es muy interesante la composición de Andrew Garfield, el brillante pero desmotivado estudiante, todo un signo de interrogación acerca de lo que puede ser en el futuro Estados Unidos, y por ende, la sociedad occidental.

El niño con el pijama de rayas


VALORACIÓN PERSONAL CINEDOSIS: una perspectiva más de las múltiples que se han hecho en el cine sobre los campos de concentración nazi. Es bonita y está bien hecha.
DeCine21: Traslación a la pantalla de la homónima novela superventas de John Boyne. Ambientada en los años de la Segunda Guerra Mundial, describe el traslado de Bruno y su familia a una mansión cercana a un campo de concentración, de la que el padre ha sido nombrado comandante. Bruno es un niño de ocho años de poderosa imaginación, que se aburre en casa todo el día, pues su hermana mayor Gretel es un poco tostón, y las demás personas que pululan alrededor son mayores. En tal tesitura capta su atención lo que él cree que es una granja vecina, muy rara eso sí, ya que todos los trabajadores visten un poco convencional pijama de rayas. Ilusionado con ser explorador, y sin que lo sepan sus padres, logra acercarse a la alambrada del campo, donde conoce a un chico de su edad, Shmuel, internado ahí dentro. Ninguno de los dos entiende lo que ocurre, pero entre ambos, y en secreto, surge una amistad.
Se trata de una digna adaptación de la obra original, una especie de fábula cruel, cuya principal dificultad era preservar el punto de vista del niño, cuya ingenuidad aguanta el papel, pero que en imágenes podía resultar difícil de aceptar. Además, la sobrevalorada novela resultaba un tanto reiterativa en la acumulación de equívocos. Por todo lo dicho el director y autor del guión adaptado, Mark Herman (Tocando el viento, Little Voice), juega con la idea de que el pequeño protagonista se acerca un poco más al horror de la verdad, que lo que permitía traslucir el libro; también se amplía el protagonismo de la madre, de modo que también una adulta empieza a desembarazarse de su ceguera. El film se sigue con interés, sobre todo a través del niño, estupendo Asa Butterfield. Algo estereotipados se nos antojan el padre y un malvado nazi, o la simpleza con que es retratada la hermana. También falta sutileza al desenlace, muy sobrio en el original, por lo que la impresión en el lector era muy fuerte; aquí se opta por un tratamiento demasiado hollywoodiense, con vibrante montaje paralelo, lluvia, desesperación, el niño por un lado, la familia y los soldados por otro, lo que hace el patético subrayado irónico demasiado evidente.

Vitus


El tal Vitus que da título a la cinta es un niño prodigio de elevado coeficiente intelectual, capaz de tocar el piano como un virtuoso. Su madre está obsesionada con que reciba clases de los mejores maestros y acabe triunfando en el mundo de la música, pero él se resiste, y prefiere pasar mucho tiempo con su abuelo, con el que comparte una gran afición por los aviones y el deseo de volar en una avioneta. Tras caer trágicamente por una ventana, Vitus sufre un golpe en la cabeza que según la médico que le atiende, ha reducido su coeficiente intelectual al nivel de una persona normal.
Fredi M. Murer logra dar verosimilitud e inusitado dramatismo a una historia que toma derroteros inesperados, que en manos de otro director habrían resultado poco creíbles. Sabe sacar el jugo a intérpretes de primera, como Bruno Ganz, actor que ha logrado el reconocimiento del público por su papel de Hitler en El hundimiento, que en esta ocasión encarna al abuelo. Se lucen especialmente los dos niños, Fabrizio Borsani y Teo Gheorghiu, que interpretan al protagonista respectivamente con 6 y 12 años.El director concibe la educación como una responsabilidad para el alumno, que podría usar los conocimientos adquiridos como punto de partida para nuevos avances, pues como recuerda el personaje central en una de las secuencias, la locomotora la inventó Watt y no el maestro de Watt. Denuncia la realidad de aquellos padres que proyectan sus frustraciones en sus hijos, obligándoles a seguir un camino marcado, sin ofrecerles que busquen su propia opción. Para el protagonista, buscar su camino en la vida no supone una ruptura ni un enfrentamiento con sus progenitores, sino al revés, una reafirmación de la unidad familiar. Es bastante realista su visión de la comunicación intergeneracional, paradójicamente más sencilla entre abuelos y nietos, que entre padres e hijos, a pesar de que la diferencia de edad es mayor.