domingo, 18 de mayo de 2014

Los juegos del hambre 2: En llamas

Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence) vuelve a casa sana y salva después de ganar los 74º Juegos del Hambre anuales junto a su tributo Peeta Mellark (Josh Hutcherson). Ganar significa tener que dejar atrás a familia y amigos, y embarcarse en el “Tour de la Victoria” por los diferentes distritos. A lo largo del camino, Katniss se da cuenta de que una rebelión comienza a gestarse, pero en el Capitolio continúa todo bajo control mientras el Presidente Snow (Donald Sutherland) organiza los 75 Juegos del Hambre anuales (El Vasallaje), una competición que cambiará Panem para siempre…

Segunda entrega de la saga iniciada con la exitosa Los juegos del hambre. Aún queda la adaptación de la última de las novelas de Suzanne Collins, Sinsajo, que según está previsto se fragmentará en dos películas.
Por primera vez ha habido dos ganadores de “Los juegos del hambre”, Katniss Everdeen y Peeta Mellark, que según la tradición, inician el Tour de la Victoria, por todos los distritos, donde se encontrarán con los familiares de los caídos durante el torneo. Pero la población percibe a Katniss como una rebelde que ha desafiado con éxito al oscuro poder del Capitolio, lo que podría avivar una insurrección. Tras un intento fallido de usar a la muchacha para manipular a la opinión pública, el nuevo y maquiavélico Vigilante Jefe, Plutarch Heavensbee, le dará la solución al presidente Snow, organizar una edición del 75 aniversario de la macabra gesta, que recupere a ganadores de los años anteriores, por lo que como sólo puede ganar uno, lo más probable es que Katniss muera.
El director Gary Ross, que realizó un correcto trabajo en la primera parte, cede el testigo a Francis Lawrence (Soy leyenda), que le saca partido sobre todo a la numerosa acción presente en la trama derivando en un tramo final trepidante. Los juegos del hambre: En llamas ofrece la suficiente espectacularidad como para mantener al público ensimismado, pese a que repite forzadamente el mismo esquema, con la protagonista enfrentándose de nuevo a la misma competición, cuando se suponía que no lo tendría que hacer más.
Aunque está claro que su público natural son adolescentes, no se realizan concesiones fáciles a este sector, como podrían haber sido, por ejemplo, la sobredosis de diálogos empalagosos, y personajes quitándose la camisa forzadamente de Crepúsculo. Los juegos del hambre: En llamas tiene un tono más adulto incluso que el de su predecesora.
A todo esto se le suma que tiene cierto interés su análisis del funcionamiento de la propaganda mediática, en concreto del poder de la televisión para mantener distraída a la población de los verdaderos problemas. Además, Los juegos del hambre: En llamas reincide sobre el sacrificio, el trabajo en equipo, la familia y la necesidad de cuestionar de forma crítica las doctrinas oficiales del poder que promueve la caja tonta.
Por su parte, Jennifer Lawrence vuelve a demostrar que su capacidad interpretativa supera con mucho la media, y está bien acompañada por los jóvenes Josh Hutcherson y –en menor medida– Liam Hemsworth. De nuevo choca, quizás, que se haya recurrido a actorazos como Donald Sutherland, Woody Harrelson, Elizabeth Banks, Toby Jones o Stanley Tucci para papeles que apenas tienen presencia. Así y todo, el insuperable Philip Seymour Hoffman no necesita más que un par de secuencias breves para componer a un villano retorcido y memorable. (decine21)

El quinto poder

Anunciando una época marcada por secretos de alto riesgo, la filtración de noticias explosivas y el tráfico de información clasificada, WikiLeaks cambió el panorama para siempre. El thriller dramático basado en hechos reales, “The Fifth Estate”, revela la lucha para exponer los engaños y la corrupción del poder que convirtió a un advenedizo de Internet en la cabeza de la organización más controvertida del siglo XXI. La historia comienza cuando el fundador de WikiLeaks Julian Assange (Benedict Cumberbatch) y su colega Daniel Domscheit-Berg (Daniel Brühl) se asocian como perros guardianes subterráneos, vigilando a los privilegiados y poderosos. De la nada crean una plataforma que permite denunciar anónimamente y filtrar información secreta, iluminando los oscuros recovecos de los secretos gubernamentales y crímenes corporativos. No tardan en revelar más noticias que todas las organizaciones de comunicación más prestigiosas del mundo juntas. Pero cuando Assange y Berg obtienen acceso a la mayor cantidad de documentos confidenciales de los servicios de inteligencia en la historia de los Estados Unidos, luchan entre ellos y contra una de las cuestiones claves de nuestro tiempo: ¿cuál es el coste de guardar secretos en una sociedad libre y cuál es el coste de exponerlos?


La historia de WikiLeaks y su principal impulsor, Julian Assange, que hizo temblar a las altas esferas del poder con la publicación masiva en internet, gracias a fuentes anónimas, de actuaciones secretas inmorales o fuera de la legalidad. El film de Bill Condon, que se basa en los libros "Inside WikiLeaks: My Time with Julian Assange at the World's Most Dangerous Website" –del antiguo socio de Assange, Daniel Domscheit-Berg– y "WikiLeaks: Inside Julian Assange's War on Secrecy" –de Luke Harding y David Leigh–, apunta al nacimiento de un quinto poder de rasgos todavía difusos, que habría sobrepasado a los medios de comunicación, por el aprovechamiento de las nuevas tecnologías para propagar desde un website material sensible que atañe al resto de los estamentos de poder, y que podría configurar a una especie de nuevo “perro guardián”, pero también a un “Gran Hermano” de los vaticinados por George Orwell. La idea es que se ha abierto una “caja de Pandora” que lo está cambiando todo.
Estamos ante una cinta que maneja abundante información y puntos de vista sobre un episodio de la historia reciente, y el guión de Josh Singer, bregado en la serie televisiva El ala oeste de la Casa Blanca, se las arregla para que no nos perdamos en la maraña de información, y disfrutemos de un relato que puede hacer pensar en Todos los hombres del presidente, o más reciente en el tiempo, y también con la revolución tecnológica bien presente, La red social. Junto a una foto bastante completa de lo ocurrido, hay una buena definición de personajes, y jugadas inteligentes, como la escena final, en que el propio Assange (su “alter ego” Benedict Cumberbatch) opina sobre la película y los libros publicados sobre WikiLeaks.
Quizá el principal acierto del film es no erigirse en juez implacable de unos y otros. De modo que se pinta el idealismo que mueve a los activistas de WikiLeaks, aunque sin dejar de señalar el vértigo que les proporciona su recién estrenado poder, que puede conducir a egocentrismo algo despiadado –el retrato de Assange en tal sentido no es demasiado amable, y se apunta a secretos del pasado que habrían marcado su personalidad– o a plantearse la necesidad de marcarse ciertos límites –el dilema de Daniel Domscheit-Berg, al que da vida Daniel Brühl imprimiéndole humanidad–. Se señalan las consecuencias que puede tener la publicación de información confidencial, incluso en lo relativo a poner vidas en peligro. O se plantea la redefinición de los medios de comunicación tradicionales por la llegada de nuevos agentes informativos que operan con reglas nuevas, y ante los que cabría exhibir ciertos estándares de superioridad moral aplicados en el pasado, prácticas como el contraste de la información con varias fuentes y su protección. (decine21)

El último concierto

Tras 25 años cosechando éxitos y gozar de fama mundial, el futuro de un cuarteto de cuerda de Nueva York está a punto de recibir un duro golpe que pondrá en entredicho su futuro. El violonchelista de la formación está padeciendo los primeros síntomas de una enfermedad que en poco tiempo pondrá fin a su carrera como intérprete.
La incertidumbre sobre su futuro se apoderará del cuarteto, dando rienda suelta a emociones reprimidas, egoísmos y reproches que pondrán en entredicho años de amistad y colaboración profesional.
La vida siempre da una segunda oportunidad, por lo que encontrarán una solución que les permitirá ofrecer “El último concierto” (para conmemorar sus 25 años como formación), poniendo a salvo tanto su amistad como su inmenso y reconocido legado musical.

Los integrantes de un cuarteto de cuerda se preparan para celebrar su 25 aniversario con una nueva temporada de conciertos. Pero al mayor del grupo, Peter, viudo desde hace un año, le han diagnosticado la enfermedad de Parkinson, todavía en sus inicios, pero que inevitablemente le llevará a la retirada. Lo que provoca no sólo dudas sobre el futuro y la continuidad del grupo –la interpretación del difícil Opus 131 de Beethoven será en principio la última actuación de Peter–, sino replanteamientos en el modo en que cada uno está enfocando su vida. Robert y Guliette están casados, pero él arrastra cierto complejo por ser segundo violín frente al cerebral primer violín Daniel, y el matrimonio ha dejado que se enfríe un tanto su amor. Por otro lado Alexandra, jovencita hija de Robert y Guliette, quiere romper la “coraza” de Daniel, en el fondo porque siente cierta atracción que adivina mutua.
Debut en el largometraje de ficción del documentalista Yaron Zilberman, donde el delicado equilibrio que lleva a la armonía en un cuarteto se convierte en metáfora del idéntico equilibrio que hay que lograr en la existencia cotidiana, en las distintas relaciones humanas, marido-mujer, padres-hijos, profesor-alumno, enamorado-enamorada, amigo-amigo. Se nota que el director y coguionista de El último concierto es un apasionado de la música, y logra transmitir la vibración por la ejecución de los cuartetos, y concretamente de la elegida Opus 191 de Beethoven, composición triste de 7 movimientos que debe interpretarse en stacatta y sin pausas, y que se dice fue lo que pidió escuchar Schubert en el lecho de muerte.
El acierto de Zilberman es entregar una historia de interés humano, con personajes creíbles en los problemas que deben afrontar –la enfermedad, la soledad, el cansancio, el egocentrismo...– y sus soluciones –el amor, el perdón, la magnanimidad...­–, interpretados por un atinadísimo reparto, sobre todo con los veteranos Christopher Walken, Philip Seymour Hoffman, Catherine Keener y Mark Ivanir, aunque la joven Imogen Poots también aguanta el tipo. De todos modos se nota la bisoñez del director en algún pasaje un poco pasado de rosca en la interpretación actoral, concretamente el del enfrentamiento de madre e hija en el apartamento de la segunda, con unos reproches desequilibrados frente al tono del resto de la película. (decine21)