Anunciando una época marcada por secretos de alto riesgo, la
filtración de noticias explosivas y el tráfico de información
clasificada, WikiLeaks cambió el panorama para siempre. El thriller
dramático basado en hechos reales, “The Fifth Estate”, revela la lucha
para exponer los engaños y la corrupción del poder que convirtió a un
advenedizo de Internet en la cabeza de la organización más controvertida
del siglo XXI. La historia comienza cuando el fundador de WikiLeaks
Julian Assange (Benedict Cumberbatch) y su colega Daniel Domscheit-Berg
(Daniel Brühl) se asocian como perros guardianes subterráneos, vigilando
a los privilegiados y poderosos. De la nada crean una plataforma que
permite denunciar anónimamente y filtrar información secreta, iluminando
los oscuros recovecos de los secretos gubernamentales y crímenes
corporativos. No tardan en revelar más noticias que todas las
organizaciones de comunicación más prestigiosas del mundo juntas. Pero
cuando Assange y Berg obtienen acceso a la mayor cantidad de documentos
confidenciales de los servicios de inteligencia en la historia de los
Estados Unidos, luchan entre ellos y contra una de las cuestiones claves
de nuestro tiempo: ¿cuál es el coste de guardar secretos en una
sociedad libre y cuál es el coste de exponerlos?
Estamos ante una cinta que maneja abundante información y puntos de vista sobre un episodio de la historia reciente, y el guión de Josh Singer, bregado en la serie televisiva El ala oeste de la Casa Blanca, se las arregla para que no nos perdamos en la maraña de información, y disfrutemos de un relato que puede hacer pensar en Todos los hombres del presidente, o más reciente en el tiempo, y también con la revolución tecnológica bien presente, La red social. Junto a una foto bastante completa de lo ocurrido, hay una buena definición de personajes, y jugadas inteligentes, como la escena final, en que el propio Assange (su “alter ego” Benedict Cumberbatch) opina sobre la película y los libros publicados sobre WikiLeaks.
Quizá el principal acierto del film es no erigirse en juez implacable de unos y otros. De modo que se pinta el idealismo que mueve a los activistas de WikiLeaks, aunque sin dejar de señalar el vértigo que les proporciona su recién estrenado poder, que puede conducir a egocentrismo algo despiadado –el retrato de Assange en tal sentido no es demasiado amable, y se apunta a secretos del pasado que habrían marcado su personalidad– o a plantearse la necesidad de marcarse ciertos límites –el dilema de Daniel Domscheit-Berg, al que da vida Daniel Brühl imprimiéndole humanidad–. Se señalan las consecuencias que puede tener la publicación de información confidencial, incluso en lo relativo a poner vidas en peligro. O se plantea la redefinición de los medios de comunicación tradicionales por la llegada de nuevos agentes informativos que operan con reglas nuevas, y ante los que cabría exhibir ciertos estándares de superioridad moral aplicados en el pasado, prácticas como el contraste de la información con varias fuentes y su protección. (decine21)

No hay comentarios:
Publicar un comentario