
Después de triunfar y hacerse famoso con
su papel de Ted Mosby en la serie televisiva “Cómo conocí a vuestra
madre”, el actor de Ohio Josh Radnor sorprendió a todos con su primer
largometraje como guionista y director, “Happythankyoumoreplease”,
espléndida tragicomedia romántica, con la que ganó el Premio del Público
en el Festival de Sundance 2010. Ahora se consolida como el nuevo Woody
Allen —pero en clave optimista y trascendente— con “Amor y letras”,
otra magnífica tragicomedia romántica, que también escribe, produce,
dirige e interpreta.
Esta vez, Radnor da vida a Jesse, de 35 años, culto y desastrado, que
trabaja como profesor de Literatura en la Universidad de Nueva York y no
acaba de encontrar su ritmo vital. La oportunidad le llega cuando viaja
a Ohio, a la universidad donde estudió, para asistir al homenaje a uno
de sus maestros más queridos, el recién jubilado profesor Hoberg
(Richard Jenkins). Allí, Jesse rememora sus ilusionados tiempos
universitarios, descubre la triste realidad de su admirada profesora
Fairfield (Allison Janney) y conoce a una joven estudiante de segundo de
Literatura, Zibby (Elizabeth Olsen), inteligente, vitalista y
aparentemente muy madura para su edad. Enseguida, la sintonía entre
ambos se transforma en enamoramiento, lo que genera en Jesse un
peliagudo dilema moral, pues pesan en su conciencia los dieciséis años
de diferencia entre él y Zibby, y sobre todo su propia perplejidad ante
esa cosa llamada amor…
Por fuera, “Amor y letras” goza de la frescura narrativa e
interpretativa de otras recientes producciones “Indie”, como “Pequeña
Miss Sunshine”, “Lars y una chica de verdad”, “Juno”, “Once” o “The
Visitor”. Y, como ellas, va acompañada por una sensacional banda sonora
—aquí, de Ben Toth—, completada por una excelente y generosa selección
de música clásica y moderna, empleada siempre con un eficacísimo sentido
dramático. Radnor deja que la cámara se enamore de sus entrañables
personajes, y ellos cautivan al espectador gracias a las excelentes
interpretaciones de todos los actores, y especialmente de Elizabeth
Olsen y el propio Radnor.
En cualquier caso, lo mejor del filme y lo que da entidad a todo lo
demás, es su sólido guión, riquísimo en referencias literarias y
artísticas, sin atisbo de cinismo o frivolidad, y cargado con mucha
emoción de verdad. A través de él, Radnor rinde homenaje a la profesión
docente y a la buena literatura —“El mundo está tan mal porque la gente
lee libros muy malos”, asegura su personaje— y, sobre todo, desarrolla
una incisiva y sutil radiografía de la inmadurez afectiva de tantos
jóvenes —afectados por el famoso síndrome de Peter Pan—, al tiempo que
establece dos profundas coordinadas de la madurez: el autocontrol de los
propios instintos y la apertura a los demás, incluido a Dios. “En mi
película —señalaba Josh Radner a Juana Samanes en una entrevista para
“13TV”—, se muestra el contraste entre la hondura de la música clásica,
los viejos poemas de amor, las cartas manuscritas… y la superficialidad
del email, el facebook, el twitter… Es lo que mi personaje echa de menos
de sus tiempos universitarios, y lo que recupera en cierta medida. El
mensaje es que hay que vivir las cosas con más profundidad, con
relaciones más personales, cariñosas e inocentes, que vayan más allá de
la simple atracción sexual y del ansia por satisfacerla inmediatamente.
Al revés de lo que es habitual hoy día, aquí propongo conocer al ser
amado emocionalmente antes que físicamente”. Y concluía: “En muchas
películas, el romance se describe desde la fantasía, como si todos los
problemas se fueran a resolver a través del amor. Sin embargo, una
relación real no es así. La vida real te enseña que debes mirar a través
de los ojos de la persona amada. Eso no te ahorra el dolor, pero te
abre una perspectiva más lúcida, de la que puedes aprender. Una buena
relación es difícil, pero muy enriquecedora. Y eso me parece más real
que cualquier clase de fantasía”.
En cuanto a su fascinante acercamiento a la religión, Radnor —de
familia judía— también nada a contracorriente. En una entrevista que me
concedió para “COPE”, señaló lo siguiente: “Si uno cree en Dios —y yo
creo en él—, no lo ve sólo en ciertos espacios, como las iglesias o la
naturaleza. Si Dios es omnipresente, está en todos lados: en las
habitaciones de hotel, en los taxis, en el cielo... Al menos, ésa es la
experiencia de mi conciencia… o de mi falta de conciencia. Por eso, mis
dos películas como director muestran personajes que viven situaciones
muy cotidianas, pero que podríamos calificar como experiencias de
gracia. Alguien dijo que ‘un milagro es un cambio de percepción’. Me
gusta esa idea. De ahí que muestre en mis películas esos momentos en que
lo más cotidiano se transforma en un milagro”. Este certero enfoque le
distancia de Woody Allen, aunque reconoce al veterano cineasta
neoyorquino como uno de sus referentes principales: “No quiero
compararme con él —me aseguraba en la citada entrevista—, pues es un
auténtico genio, que ha dirigido más de cuarenta películas... En todo
caso, él tiene una visión muy caótica del mundo: sus películas muestran
mucha ansiedad, ausencia de sentido, perplejidad… Por el contrario, yo
sí creo que existe un gran orden en el mundo. Quizás no lo vemos, pero
está ahí. Por eso, mis dos películas como director tienen un cierto
enfoque místico y metafísico”.
Todos estos sugerentes enfoques enriquecen muchísimo “Amor y letras”,
en la que Radnor recuerda aquella famosa cita de la “Oda a una urna
griega”, de John Keats, “La verdad es belleza, y la belleza es verdad”, y
hasta se atreve a reflexionar sobre los supuestos conflictos entre el
amor humano y el divino, concluyendo que, en realidad, “el amor divino
es el único que existe”. Casi nada. (Cope J. J. M.)( Almudi.org)