miércoles, 23 de septiembre de 2009

Crash


¡Qué difícil es juzgar bien a las personas...! Y sin embargo, día a día, los seres humanos parece que no podemos sustraernos a emitir juicios críticos acerca de tal o cual actuación de nuestros semejantes. Y como somos egoístas, desconfiados, frívolos, cínicos y quizá solitarios, a menudo nuestras conclusiones resultan parciales y estrechas, cuando no claramente sesgadas por nuestros gustos y prejuicios. No tiene por qué ser así, pero la experiencia raramente nos demuestra lo contrario. C'est la vie, que dirían los franceses. Pues bien, que cualquier ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor, de lo bueno y de lo malo, de la virtud y del pecado, sin importar su condición, su raza o su religión, es la gran verdad que transmite esta maravillosa y multipremiada película, que respira autenticidad por los cuatro costados. Su creador, Paul Haggis, se dio a conocer al gran público el año pasado con el guión de la también fantástica Million Dollar Baby, película durísima dirigida por Clint Eastwood. Ahora, además de escribir el guión de Crash, con la colaboración de Robert Moresco, también ha optado por ponerse detrás de las cámaras y hacer labores de producción. La jugada le ha salido perfecta y ahí están los Oscar conseguidos para demostrarlo.

El hallazgo del cadáver de un muchacho durante una noche especialmente fría en la populosa ciudad de Los Ángeles, sirve de punto de arranque de un argumento que se retrotrae a las treinta y seis horas anteriores del fatal descubrimiento. Durante ese tiempo, el modélico guión de Haggis hará llegar al espectador -con apenas algunos trazos- los diversos caminos existenciales y las crisis de identidad de un amplio puñado de personajes, que quieren retratar -con las lógicas limitaciones de la realidad- la variada tipología de personas de una gran ciudad y por ende del mundo entero. Ahí están el fiscal del distrito y su esposa, con sus desencuentros y soledades; un policía con experiencia y su joven e idealista compañero; un tendero iraní y su hija médico; un cerrajero mexicano y su familia; un matrimonio acomodado de afroamericanos; dos agentes de la ley; dos jóvenes delincuentes...

Gracias al guión y al montaje milimétrico las vidas de los personajes quedan relacionadas entre sí, un poco a la manera de Magnolia (1999), la apabullante película coral de Paul Thomas Anderson, aunque en el caso de Crash las historias sean más equilibradas y menos excesivas. La película, tan honda como sincera, es un monumento sobre la condición humana, con todas sus debilidades y sus esperanzas. Y por encima de todo, Haggis logra algo muy, pero que muy difícil hoy en día: emocionar casi hasta las lágrimas sin una pizca de sentimentalismo. Y hay que elogiar el completísimo reparto, lleno de actores conocidos, al igual que los aspectos más técnicos, como la fotografía de J. Michael Muro y la música minimalista de Mark Isham, que viene aderezada con las estupendas canciones "In the Deep", de Bird York, y el excelente colofón "Maybe Tomorrow" de Stereophonics.

La clase


Una magnífica película sobre el mundo de la educación escolar, Palma de Oro de 2008 en Cannes. Laurent Cantet (Recursos humanos, El empleo del tiempo) se basa en "Entre les murs", un libro donde François Bégadeau, un profesor auténtico, recogía algunas de sus experiencias profesionales. Rodada con un tono realista, que recoge anécdotas reales recogidas en ese libro, el propio Bégadeau es coguionista, además de interpretar al profesor protagonista. El marco de la acción es un instituto conflictivo de París, donde debido al multiculturalismo vigente, conviven chicas y chicos de procedencia muy diversa, África negra, el Magreb, China... François es profesor de lengua, peros sus clases no se limitan a enseñar el uso correcto del francés, sino que son una continua conversación con los alumnos, donde éstos son obligados a pensar, a razonar sus ideas, a bucear por qué mantienen un determinado punto de vista. La relación no es perfecta, hay alumnos que responden mejor que otros. Algunos se niegan a responder a las preguntas del profesor, pues implican darse a conocer, algo que pueden no desear hacer. Otros hacen el tonto, mantienen una actitud pasiva, se distraen... Pero ése es el reto para François, motivarles un día tras otro, tratarles con respeto.
El cine francés tiene una interesante tradición en abordar el tema de la educación de modo sugerente, basta pensar en títulos como Hoy empieza todo y Ser y tener. Además, dentro de la tradición en Francia de enseñar cine en las aulas, tiene mucho sentido que exista el viaje inverso, enseñar la educación en las pantallas. Cantet, Bégaudeau y Robin Campillo han sabido articular una trama muy realista y natural, uno verdaderamente tienen la sensación de ser una especie de cámara oculta, testigo de lo que acontece en las clases, o en las reuniones de profesores. Hay una decisión de que todo lo mostrado transcurra en el instituto, nada veremos de lo que pasa fuera. Y esto, lejos de escamotear el resto de la vida de los personajes, sirve para pintar mejor lo que ocurre en las clases, y la bidireccional influencia que puede tener lo que pasa dentro y fuera de ellas; hay formas eficaces de enseñar cómo lo del exterior repercute en lo del interior, ya sea la anunciada expulsión de Francia del padre de Wei, un alumno chino, o el comportamiento en casa de Souleymaine, un chico sometido a un consejo disciplinario. Curiosamente, no tiene uno la sensación de estar ante un film consciente y aburridamente pedagógico, sino que todo parece emocionante, muy estimulante, con lugar para las sorpresas, como esa alumna que, ante el estupor de su profesor, declara haber leído "La República" de Platón en su tiempo libre, lo que además es un homenaje a la socrática pedagogía del maestro.
El film contiene unas interpretaciones tremendamente naturales, aunque Cantet niega que ello se deba a que los alumnos se interpreten a sí mismos. El director organizó un talles con los alumnos de un instituto, y logró que de los 50 asistentes iniciales 25 siguieran comprometidos con su proyecto cuando arrancó el rodaje. Lo cierto es que el desarrollo de cada clase es atractivo, y que los chicos resultan creíbles, se abandona cualquier estereotipo, tan difícil de evitar, piénsese en la esforzada Diarios de la calle. Afirma Cantet que el planteamiento de muchas escenas, rodadas con tres cámaras digitales para captar al profesor, al alumno principal, y al resto de la clase, era como un partido de tenis, un intercambio de raquetazos donde cualquiera podía resultar más o menos vencedor, y tal enfoque funciona muy bien. También es un acierto mostrar la fragilidad del profesor, quien a pesar de sus buenas intenciones también puede equivocarse, o encontrarse sin respuesta ante un alumno. El reto, por supuesto, es no tirar la toalla, seguir adelante con la loable meta de formar bien a los chicos que están a su cargo.