domingo, 20 de mayo de 2012

La guerra de los botones

Decine21

La Francia ocupada por los alemanes en 1944. Aunque la atmósfera está enrarecida, en los pueblecitos de Longeverne y Velran se vive la guerra con cierta tranquilidad, pero no así entre los chicos de ambos pueblos, cuya rivalidad porque unos cazan en territorio de los otros les lleva a mantener sus particulares batallas, donde la prueba de la victoria de unos sobre otros son los botones que se arrancan de sus prendas de vestir. Lebrac, líder de uno de los grupos, vivirá su primer amor hacia Violeta, una chica que guarda un secreto. Y todos aprenderán que la guerra que libran los mayores es más importante que la suya.
La novela homónima de Louis Pergaud fue llevada al cine con bastante fortuna por Yves Roberten 1962 hasta convertirse en una especie de clásico familiar en el país galo. Menos fortuna tuvo una producción de David Puttnam que adaptaba la historia al mundo anglosajón. Ahora esChristophe Barratier, el director de Los chicos del coro, quien revisita la conocida trama. La principal novedad consiste en situarla en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, o sea, encerrar una guerra dentro de otra, lo que explica que el título original aluda a una "nueva" guerra de los botones. Ello permite dar algo más de peso a los adultos, introducir cuestiones como el antisemitismo, y tratar una interesante idea, la de cómo juzgan los niños y jóvenes a sus mayores, a veces injustamente.
Aunque a ratos Barratier se pasa un poco de sensiblero, en líneas generales entrega una grata película familiar, buen retrato de la infancia y de las etapas de transición a la edad adulta. Algunas mezquindades de un chico que podrían tener terribles consecuencias no previstas, hacen pensar en esa obra maestra de Louis Malle titulada Adiós, muchachos. Barratier confirma que se le da de perlas escoger a actores jóvenes para sus películas, y de modo especial acierta con el pequeñajo Clément Godefroy como le petit Gibus, un chaval con una gracia y encanto que se ganan inmediatamente la simpatía del espectador.

La dama de hierro


Decine21
Phyllida Lloyd, que ya dirigió a Meryl Streep enMamma Mia!, recurre de nuevo a la prodigiosa actriz para el biopic de Margaret Thatcher, primera mujer elegida líder del Partido Conservador británico, y también la única que ha llegado a ser Primera Ministra del Reino Unido, tarea que desempeñó entre 1979 y 1990.
Presenta a la protagonista ya anciana, afectada por la demencia senil, que a veces cree que sigue estando en el poder, y que conversa con su marido ya fallecido. Entre malas pasadas de su memoria, visitas de su hija, etc., Thatcher rememora los momentos clave de su vida.
Resumir la amplísima trayectoria de la mandataria era una labor muy difícil, y la cinta de Lloyd repasa momentos clave como su ascensión en un mundo de hombres, su llegada al 10 de Downing Street, la Guerra de las Malvinas, el atentado del IRA al que sobrevivió, las manifestaciones contra su política de subida de impuestos, etc. En todos ellos está bastante explicada la postura de la líder británica, pero no profundiza en ninguno, y se echan de menos otros tantos asuntos en los que tuvo que ver como su presión para expulsar a Saddam Hussein de Kuwait o su política europea, mientras que su alianza con Ronald Reagan queda muy brevemente apuntada. Sólo parece tener cierto peso su relación con su marido – un excelente Jim Broadbent–.
Por otro lado, aunque hilvanar el film desde los recuerdos de la protagonista en su vejez es un recurso eficaz al principio, la directora acaba abusando de las secuencias de la última parte de su vida, la mayoría de ellas totalmente innecesarias.
Como era de esperar, el principal foco de interés de esta producción reside en la magistral interpretación de Meryl Streep. A pesar de su solvencia probada no era un reto fácil, pues aunque la actriz ya ha interpretado muchos personajes reales a lo largo de su trayectoria (la escritoraKaren Blixen, la periodista Susan Orlean, la sindicalista Karen Silkwood, etc.), lo cierto es que ninguna de ellas era físicamente tan reconocible como Margaret Thatcher. Con ayuda de una caracterización asombrosa, Meryl Streep realiza un trabajo de primera división, comparable con la labor de Helen Mirren en La reina, o de Colin Firth en El discurso del rey. Una pena que el resto del film no esté a la altura de los logros de estas producciones.

Arrugas


Decine21
Primer largometraje como director de Ignacio Ferreras, que ha colaborado en los 'storyboards' de Asterix y los vikingos y la serieRugrats. Le produce Manuel Cristóbal, todo un veterano de la animación hispana, pues ha estado detrás de títulos como El bosque animado, El sueño de una noche de San Juan, o El lince perdido. Ambos acometen la adaptación de la novela gráfica homónima de Paco Roca, con la que ganó el Premio Nacional de Cómic en 2008. Han logrado la hazaña de colarse entre los finalistas a los premios Annie, los más importantes del mundo de los dibujos animados, y entre los 18 finalistas previos a las nominaciones para el Oscar al mejor largometraje animado.
Emilio ha pasado toda su vida trabajando duramente, como director de una sucursal bancaria de barrio, para sacar adelante a su familia. Pero tras jubilarse, sufre pérdidas de memoria, y se ha convertido en una carga para su hijo y su nuera, que deciden enviarle a una residencia de ancianos, donde estará mucho mejor atendido. El sitio tiene pocas posibilidades, pues los otros internos se limitan a dormir y comer, no se sabe muy bien si se puede cambiar el canal de la televisión que siempre muestra documentales de animales, la piscina parece instalada únicamente para impresionar a los hijos de los residentes, etc. Pero Emilio entabla amistad con Miguel, un pícaro abuelillo que aunque nació en España ha vivido siempre en Argentina, y que le ayudará cuando su memoria se deteriore todavía más.
El guión, en el que ha intervenido el propio autor de la obra original, traduce milimétricamente las viñetas a la pantalla hasta el punto de que apenas se aprecia nada nuevo. Ha sido traducido en imágenes con una animación bastante limitada pero lo suficientemente imaginativa como para que la historia se desarrolle con la suficiente fluidez. Además, sus personajes son bastante humanos y expresivos, sobre todo algunos secundarios fácilmente reconocibles, como la señora que acumula sobrecitos de te y ketchup para dárselos a su nieto, una mujer que teme que le rapten los marcianos, el que cuenta todo el rato su triunfo como atleta, el viejo verde, etc. Los describe a todos de forma agridulce.
El principal valor del film es que se estrenan pocas cintas sobre residencias de ancianos, y divulga una realidad apenas tratada en el cine, y mucho menos desde el punto de vista de los que van a vivir en una. Y lo hace con extrema sensibilidad hasta el punto de que el final acaba resultando bastante emotivo. Además, trata con enorme inteligencia temas de gran calado, en cierto modo inauditos para una producción de dibujos animados, como la tentación del suicidio en casos de gravedad extrema, el valor del cariño hacia enfermos que no pueden comunicarse, el recurso a la evasión para sobrellevar la tristeza, y sobre todo la necesidad de amistad en los momentos difíciles. Arrugas ofrece una visión positiva de todos ellos, a través de un tono tragicómico, que sin esconder la realidad del tema sobre el que habla, incorpora cierto sentido del humor y muchísima humanidad.

viernes, 18 de mayo de 2012

Jane Eyre

Decine21

Una noche de tormenta en los páramos ingleses, una joven angustiada y sufriente corre desesperada en busca de refugio. La acoge John Rivers, devoto clérigo, que vive con sus hermanas. Y mientras Jane Eyre se repone, recuerda... Recuerda una vida de penalidades, su orfandad, los malos tratos de una cruel tía cuando era niña, la vida en un hospicio, y su llegada a una misteriosa casa para ser institutriz de la ahijada del taciturno pero fascinante Edward Rochester, cuyo agrio carácter tiene su causa en secretos no desvelados... Algo que le une a Jane, aunque ella ha sabido encajar mejor las piezas con aristas de su desdichada existencia.
Modélica adaptación de la novela de Charlotte Brontë. Cary Fukunaga supera con matrícula de honor el desafío de trasladar a la pantalla una obra literaria clásica y muy querida, que ya contaba con buenas versiones, como la que une a Joan Fontaine y Orson Welles -Jane Eyre (Alma rebelde)-, o las dirigidas por Delbert Mann y Franco Zeffirelli. Verdaderamente hay una magnífica conjunción entre el libreto urdido por Moira Buffini -guionista también de Tamara Drewe- y la brillante dirección de Fukunaga, que cambia completamente de registro tras abordar la inmigración con gran realismo y maestría en Sin nombre. Pues el guión tiene perfectamente situados los saltos temporales, y se ha hecho además una impecable labor de condensación, abreviando pasajes como los del orfanato, sin quitar por ello a la cosa ni un ápice de dramatismo. De modo que cobran gran intensidad algunas conversaciones, intercambios dialécticos maravillosos sobre cómo enfocar la propia vida en medio de la contrariedad, de Jane (Mia Wasikowska) con su tía (Sally Fields), el ama de llaves (Judi Dench), el “rescatador” Rivers (Jamie Bell), y, por supuesto, el atormentado Edward (Michael Fassbender). Qué fantástico reparto.
De lo dicho hasta podría deducirse, erróneamente, que estamos ante un film muy literario, con farragosas parrafadas. Nada más alejado de la realidad. Pues al logro de un guión de hierro, se suma el de una narración muy cinematográfica, en que se crea una adecuada atmósfera ya desde los comienzos, esa cámara agitada que refleja el estado anímico de Eyre, acompañada de unas voces deformadas y apenas audibles con las que el espectador es invitado a compartir su turbación. La paleta de colores apagados, la neblina, el caballo asustado, las habitaciones apenas iluminadas, todo contribuye al aire gótico y misterioso de una cinta redonda, donde a cada personaje se le sabe dar un peso, ya sea para destacarlo o para desdibujarlo, véase el caso de la novia oficial de de Edward. Quizá estamos ante la adaptación definitiva de la obra más conocida de la mayor de las hermanas Brontë.

Blackthorn. Sin destino

Decine21

Mateo Gil, coguionista habitual de Alejandro Amenábar en títulos como Tesis o Ágora, debutó como realizador en 1999 con el thriller Nadie conoce a nadie. Más de una década después vuelve a ejercer como director de largometraje, en un proyecto que sigue pudiéndose calificar como cine de género, aunque esta vez su cinta es mucho más ambiciosa, pues se trata de un western, y además, uno de esos que pueden calificarse como "de hechuras clásicas".
Para hacer el salto mortal más difícil todavía, Gil invoca el nombre sagrado de Dos hombres y un destino, un gran clásico del género, pues su film es una especie de curiosa secuela tardía. Según se aclara al comienzo, investigadores lograron encontrar la tumba donde se supone que fueron enterrados los forajidos Butch Cassidy y Sundance Kid tras su supuesta muerte durante un enfrentamiento con el ejército boliviano. Pero sus cuerpos no estaban allí.
En Blackthorn, un envejecido Butch Cassidy ha aprovechado que fue dado por muerto junto con Sundance, pero que en realidad ambos lograron escapar, para permanecer escondido durante 20 años sin que la justicia le busque. Pero se entera de que ha fallecido una mujer con la que tuvo un idilio en el pasado, fruto del cual nació un niño, y Cassidy decide volver a Estados Unidos con él. Por el camino se encuentra con Eduardo Apocada, ingeniero español que ha robado una gran cantidad de dinero de la mina en la que trabajaba, y que es perseguido.
A pesar de los enormes riesgos tomados por Mateo Gil, y de que no resiste la comparación con el film de George Roy Hill, su cinta funciona. No es capaz de hacer grandes alardes de dirección, pero la cinta está bien llevada, y aunque no cuenta con una producción impresionante, su reconstrucción de los comienzos del siglo XX es lo suficientemente aceptable.
Gil ha contado con un gran reparto. Se luce el legendario Sam Shepard, interpretando a Cassidy, y llevándoselo a su terreno, en lugar de imitar al insuperable Newman, lo que hubiera sido un error. Curiosamente, resulta ser un excelente contrapunto el irregular Eduardo Noriega, que realiza uno de sus mejores trabajos y hasta demuestra un enorme sentido del humor riéndose de cierto anuncio televisivo suyo muy popular. Noriega brilla en la versión original con sus diálogos en inglés y español. También es necesario mencionar a Magaly Solier (Amador) en un pequeño papel, y sobre todo a Stephen Rea, sorprendente como cónsul honorario borrachín.
Llama la atención que a pesar de ser uno de los guionistas españoles más reputados, en esta ocasión Gil parta de un libreto ajeno, que supone el debut de Miguel Barros, autor del documentalLos sin tierra. El texto tiene bastante calidad, en su recuperación de los temas clásicos del western, como el compañerismo, la libertad y sobre todo la moral y la justicia. Trata además la cinta sobre el regreso a las raíces, la necesidad de compañía y la búsqueda de una familia. Además, incluye muchos elementos que apasionarán a los amantes del western, como la referencia a la agencia de detectives Pinkerton.
Haya sido buscado o no, existe en la cinta un subtexto metacinematográfico muy interesante. El viejo forajido podría interpretarse como un símbolo del cine clásico, de ése que ya no se hace, porque los tiempos han cambiado y ahora todo vale con tal de ganar dinero.

La deuda


Decine21
Tel Aviv, 1997. Una joven periodista lleva a cabo la presentación de un libro en donde se narra un célebre episodio llevado a cabo años atrás por su madre, Rachel Singer, antigua espía del Mossad, convertida en heroína y presente en el acto. La historia del libro, sucedida en 1966, narra cómo tres agentes del Mossad, Rachel, David y Stefan, viajaron de incógnito a Berlín Oriental para localizar y detener secretamente al doctor Dieter Vogel, un criminal de guerra nazi que se dedicó durante la guerra a los más horrendos experimentos contra los judíos y que fue denominado el “cirujano de Birkenau”.
Notable y atípica película de espionaje con referencias de fondo explícitas al horror del Holocausto, pero que bajo su supuesta atmósfera de acción, ofrece ante todo un retrato de personajes muy perfilados, que afrontan cada uno a su modo sus traumas y sus dolores. Se trata de un ‘remake’ de una película israelí escrita y dirigida por Assaf Bernstein en 2007 y que ahora se presenta con un cartel y una producción hollywoodinse de auténtico lujo. En este caso, hay que elogiar el cuidadoso guión y el eficaz montaje, con transiciones muy logradas cuando la acción nos traslada de una época a otra. Por otra parte, la impecable dirección de John Maddenllama mucho la atención por su sobriedad, de una dureza muy seria, y donde apenas se hacen concesiones comerciales al espectador (poco más que la escena de la estación). El film tiene garra y es entretenido, pero Madden, quien ya ha mostrado su buen hacer en filmes como Su majestad Mrs. Brown o Shakespeare enamorado, se centra en no contar más de lo suficiente, incluso es parco en descubrirnos los corazones de los protagonistas, lo cual por otro lado resulta intrigante y a la postre enormemente revelador de los demonios interiores que los pueblan. Más allá de su desenlace, la película acaba por ofrecer una reflexión acerca de la ética de nuestros actos, sean cuales sean la circunstancias, donde siempre habrá diferencias entre la venganza y la justicia, entre la mentira y la verdad.
Y dentro del conjunto hay que aplaudir especialmente una labor de casting perfecta. Todos los intérpretes están muy ajustados a sus papeles (quizá el más desaprovechado sea un demasiado taciturno Sam Worthington), y no regalan nada para la galería. Pero, de cualquier forma, la parte femenina de la película es la más conmovedora y emocional, centrada en el espléndido personaje de Rachel. Helen Mirren aporta ese tremendo empaque de mujer inteligente al que nos tiene acostumbrados, mientras que supone un alucinante descubrimiento la actriz Jessica Chastain, quien encarna a la Rachel joven de un modo absolutamente cautivador, verosímil e intenso.