sábado, 9 de octubre de 2010

Robin Hood


Decine21
Robin Longstride es un hombre del pueblo, valiente soldado de a pie, que regresa de la cruzada emprendida por su rey, el inglés Ricardo Corazón de León. Antes de llegar a su país, el monarca se 'entretiene' asaltando un castillo francés, envite en el que pierde la vida. Es la ocasión que Robin y otros 'alegres camaradas' aprovechan para desertar. Pero una serie de circunstancias les llevan a suplantar a la comitiva que debía dar la noticia del deceso del monarca. Juan será el nuevo rey, y Robin debe dirigirse a casa del padre de un fallecido caballero del que tomó su identidad, para cumplir cierta promesa. Allí conocerá a la bella mujer fuerte lady Marian.

Entretenida inmersión de Ridley Scott en el mito Robin Hood, que imagina cómo el personaje llegó a ser el proscrito refugiado en el bosque de Sherwood, y eternamente perseguido por el sheriff de Nottingham. El planteamiento del cineasta británico combina el puro espectáculo de acción concebido para el gran público -donde el referente inmediato sería Gladiator, también protagonizado por Russell Crowe- y la mirada del medievo acorde con la sensibilidad moderna -al estilo de El reino de los cielos, pero con más sutileza-.

De modo que el ritmo es trepidante, con una magnífica puesta en escena que saca todo el rendimiento a la ambientación medieval, fantástica dirección artística. Se hace muy atractiva la campiña inglesa -la cosa recuerda a la Comarca de El Señor de los Anillos, y es lógico, pues J.R.R. Tolkien se inspiró en ella-, las escenas de batallas están perfectamente coreografíadas -el ataque al castillo, y la batalla en la playa, que recuerda al día D imaginado por Steven Spielberg en Salvar al soldado Ryan-, y el vuelo de las flechas está muy logrado.

La mirada contemporánea no falta en el guión de Brian Helgeland, no en vano hay que recordar que en 2001 firmó el libreto de Destino de caballero. Aquí ha tomado como referente un marco histórico que da un realismo al film que lo aleja de la simple aventura, pero el enfoque es el de alguien del tercer milenio, lo que se subraya al presentar a Robin y a su progenitor como precedentes de la democracia, nada menos, al reclamar una carta de derechos para todos los hombres. Se habla así de libertad, de derecho a una vida digna, y a no ser 'freído' a impuestos. De modo que se pone el acento en el individuo y sus libertades, y se critica a los que ostentan la autoridad, reyes, gobernantes y jerarquía eclesiástica, que se atreven a invocar el nombre de Dios para justificar sus acciones sangrientas o de expolio. Todo muy políticamente correcto -incluido el toque feminista-, con un esfuerzo para no 'herir' demasiado a nadie.

El film acierta completamente en su reparto, todos los actores están perfectos, casi parece injusto empezar a hacer aquí la glosa de las virtudes de cada uno, por el riesgo inevitable de dejar a alguien fuera. Pero resaltemos la química Russell Crowe-Cate Blanchett, que permite plantear alguna simpática escena de guerra de sexos; el villano fuerte de Mark Strong y el voluble de Oscar Isaac; el anciano ciego de Max Von Sydow; el político pragmático de William Hurt; o el grandullón Pequeño Juan Kevin Durand.

El concierto


Decine21
El director rumano afincado en Francia Radu Mihaileanu es de esos cineastas que poco a poco, sin que se note, comienza a labrarse una envidiable filmografía. Ha dado sobradas muestras de su talento con filmes como Traidor (1993), El tren de la vida y, sobre todo, con Vete y vive. En sus filmes, Mihaileanu se descubre como un humanista, un atento observador de las pequeñas y grandes tragedias humanas que él sabe encarnar en personajes de carne y hueso, que llegan al alma del espectador. Normalmente sus historias tienen que ver con la opresión de los desfavorecidos, en especial con las injusticias contra la comunidad judía, de la que él mismo forma parte. En El concierto habla del mismo tema a través de una comedia, también dramática y emotiva, con el mundo de la música clásica como telón de fondo.

En su juventud Andreï Filipov fue un consumado maestro musical, prodigioso director de la orquesta del mítico Teatro Bolshoi de Moscú. Pero, treinta años atrás, fue consifderado un enemigo del pueblo por negarse a expulsar a los judíos que había en su orquesta. La consecuencia de esa 'insurrección' fue el desmantelamiento inmediato del grupo y la caída en desgracia de todos los instrumentistas. Humillado, Filipov es en la actualidad quien pasa la fregona en el teatro, mientras que sus compañeros músicos, entre ellos su mejor amigo, el violenchelista Sacha, han salido adelante trapicheando en trabajos de poca monta, viviendo prácticamente en la miseria. Sin embargo, por casualidad, mientras limpia el despacho del actual director del Bolshoi, cae en manos de Filipov un fax procedente de París en el que invitan a la orquesta para tocar en el espléndido Théâtre du Châtelet. El antiguo músico idea rápidamente un plan: reunir furtivamente a sus antiguos compañeros y hacerse pasar por la verdadera orquesta del Bolshoi para celebrar en París su primer concierto en tres décadas.

Radu Mihaileanu logra una formidable y arriesgada compenetración entre los hondos conflictos dramáticos que se plantean en la trama (y que no conviene desvelar) y un excelente tono de comedia y optimismo que se agradece mucho. El humor, muchas veces de aire surrealista y fuertemente folclórico, y que lo emparenta enormemente con el cine del balcánico Emir Kusturica (Underground), impregna todo el film y encuentra su máxima expresión en la ridiculización del comunismo. La punta de lanza es el divertido personaje del ex agente del KGB, toda una perita en dulce en manos de Mihaileanu (quien, no lo olvidemos, huyó de Rumanía durante la dictadura de Ceaucescu). El tipo es la monda y sigue anclado en la prehistoria, pero no es la única diana del director, pues los actuales oligarcas rusos también se llevan su ración de mofa.

En cuanto al drama de fondo, aunque pueda resultar un poquito rebuscado, se juegue quizá demasiado al misterio y se resuelva demasiado cinematográficamente, en general también funciona. Por lo demás, Mihaileanu muestra su pericia en la planificación, el montaje y el ritmo durante la larga escena del Concierto para violín de Tchaikovsky, emocionante centro musical de toda la trama. Los actores, salvo algún desperdicio (como el de Miou-Miou) están todos bien, con mención especial para la rubia Mélanie Laurent (Malditos bastardos) y los secundarios Dmitri Nazarov (en el papel de Sacha) y el inefable François Berléand.