miércoles, 9 de octubre de 2013

El cuarteto

Dustin Hoffman debuta como director en El cuarteto (Quartet), donde ha decidido no aparecer como actor. El tema que trata el film se diría que es toda una declaración de principios sobre el genio del artista que nunca muere, aunque envejezca, algo que en definitiva puede trasladarse a cualquier ser humano, independientemente de su dedicación profesional. No olvidemos que Dustin Hoffman ha hecho el film poco antes de cumplir los 75 años. Y el cineasta parece querer decirnos que hay que saber hacerse mayor, y aceptar las limitaciones propias de la edad, pero sin convertirse por propia voluntad en “muertos en vida”.
Adaptación de una obra de teatro de Ronald Harwood, que se ha encargado también de escribir el guión, la historia de El cuarteto (Quartet) se sitúa en la Casa Beecham, una residencia que acoge a músicos ancianos. Allí siguen practicando su arte, la ópera o lo que se tercie, aunque la voz ya no sea la de antaño. Los residentes andan muy revolucionados por dos motivos: una gala para recaudar fondos para Beecham en el aniversario del nacimiento de Giusseppe Verdi, en la que actúan muchos de ellos, y la llegada de una nueva inquilina y diva de la ópera, Jena Horton, ex esposa de Reggy, que vive allí. La posibilidad de que con otros dos grandes profesionales ancianos, Wilfred y Cecily, formen un cuarteto para la gran gala se diría imposible, por la triste forma en que terminó el matrimonio de Jena y Reggy, y por los temores de ella a cantar en público a su edad.
El cuarteto (Quartet) es una película pequeña y amable, un canto a la vida en cualquiera de sus etapas, drama con muchos toques de humor, y que también supone un reconocimiento al mundo de la lírica, y en general, a todos los artistas. Historia muy conveniente para Hoffman, que maneja bien en su condición de primerizo, sin intentar alardes innecesarios. El reparto es excepcional, están magníficos Maggie Smith y Tom Courtenay, el matrimonio que se rompió, el travieso y mujeriego Billy Connolly, y la ingenua y con señales de demencia senil Pauline Collins.

lunes, 7 de octubre de 2013

Oblivion

Jack Harper (Tom Cruise) es uno de los últimos mecánicos de aviones no tripulados destinados a la Tierra. Forma parte de una enorme operación dirigida a extraer recursos vitales después de décadas en guerra con la aterradora amenaza que representan los Scavs. Pero la misión de Jack toca a su fin.
Recorre y patrulla el cielo a miles de metros de altura hasta que su “elevada” existencia se derrumba cuando rescata a una preciosa desconocida de una nave derribada. Su llegada pone en marcha una serie de acontecimientos que obligarán a Jack a cuestionarse todo lo que sabe y que acabarán poniendo el destino de la raza humana en sus manos.

Futuro distópico. En el año 2077 la Luna ha sido destruida y la Tierra sufre una contaminación nuclear, debido a una guerra alienígena que al final ganaron los humanos. Los supervivientes han debido exiliarse a otros planetas, y unos pocos elegidos quedan destinados a la Tierra controlando los drones que obtienen valiosos recursos naturales. Uno de ellos es Jack Harper, que junto a su compañera Victoria, realiza su misión después de que a los dos les borraran la memoria, una acción que se supone facilita su arduo trabajo. Mientras ella realiza las tareas asignadas desde Control de modo metódico, él empieza a cuestionarse todo y a hacerse preguntas sobre el que fuera su hogar, la Tierra.
Película basada en un relato de ciencia ficción del director Joseph Kosinski, que se convertiría también en novela gráfica. Con Oblivion Kosinski demuestra que puede hacer películas más interesantes que Tron Legacy, todo lo visualmente asombrosa que se quiera, pero esencialmente hueca y tediosa. Aquí conjuga la imaginería y el diseño espectaculares con una trama medianamente entretenida y de tintes apocalípticos, que contiene guiños a La guerra de las galaxias, 2001: una odisea del espacio y Matrix, entre otros títulos, pero sin renunciar a la personalidad propia.
Oblivion maneja ideas como la manipulación, la aceptación pasiva del estado de las cosas y el uso de la libertad para labrar el propio destino, con un telón de fondo de la Tierra hecha pedazos, metáfora muy presente en el cine actual para hablar de los desafíos que debemos afrontar en nuestra contemporánea sociedad. Y lo hace sin complicarse demasiado la vida, de modo que pese a paradojas y sorpresas argumentales discutibles, en el fondo tenemos una historia muy sencilla, donde quizá lo más flojo es lo relativo a los rebeldes, un grupo de personajes zarrapastrosos sin demasiado interés, véanse al desganado Morgan Freeman fumándose literalmente un puro, o a Nicolaj Coster-Waldau en plan desconfiado y tal. De modo que el rey de la función es Tom Cruise, con sus princesas Olga Kurylenko y la poco conocida Andrea Riseborough. Ahí hay espacio para hablar del amor, e incluso hacer un guiño romántico a Tú y yo en el Empire State Building. (decine21)