martes, 20 de octubre de 2009

Resistencia




Decine21: La verdadera historia de los cuatro hermanos Bielski, en los años de la Segunda Guerra Mundial, en la Bielorrusia que los nazis se esfuerzan por conquistar. Tras el asesinato de sus padres, con la despreciable ayuda de colaboracionistas locales, Tuvia Bielski se refugia en el bosque con sus tres hermanos, asumiendo el liderato de una pequeña comunidad judía, que irá creciendo con el paso del tiempo. La supervivencia es la meta, y el enemigo no sólo es el alemán invasor, también el gélido invierno y el hambre causan estragos. Se imponen estrictas reglas: todos deberán ocupar su tiempo y realizar tareas que redunden en beneficio del grupo, de acuerdo con su conocimiento; prohibido tener niños, en esas penosas condiciones, serían una carga insoportable; hay que atenerse a una férrea disciplina. Por supuesto, atenerse a todo ello no es fácil, y surgirán los desacuerdos. Así, Zus Bielski prefiere la lucha directa con los alemanes, y abandonará al grupo para unirse al ejército ruso como partisano, experto en actos de sabotaje.

Edward Zwick director se ha convertido en un auténtico especialista en filmar películas bélicas, con el notable mérito de que las acciones de combate las pueda entender hasta el espectador menos avezado: allí están para demostrarlo Tiempos de gloria, En honor a la verdad y El último samurái. El film que nos ocupa también logra incluir vibrantes escenas guerreras, como la del bombardeo del bosque, o la del grupo de soldados atrapado entre dos fuegos; la del ataque nocturno de un puesto alemán, con planos breves y ralentizados de un modo muy original, sorprende positivamente. Sin duda que la pericia del director de fotografía Eduardo Serra y la partitura musical con mucho violín de James Newton Howard contribuyen, y mucho, al buen resultado de los pasajes de guerra.

Pero no sólo de buenos momentos de acción bélica vive el género, y Zwick y su coguionista Clayton Frohman saben además construir una historia razonable y humana, evitando las concesiones que podrían rebajar la realidad de que la guerra es un completo horror, que embrutece y degrada. Es cierto que al principio la larga narración avanza con un tono algo frío, poco emotivo, y que los hermanos se introducen de modo algo brusco. Pero poco a poco se van perfilando los mimbres de una historia que, aunque algo cansina, es sólida. Así, se pinta a los personajes y los dilemas que deben arrostrar, sobre todo a los tres hermanos con mayor presencia, los mentados Tuvia y Zus -Daniel Craig y Liev Schreiber, que están bien, sabiamente contenidos-, más Asael -Jamie Bell-. Y con verismo, se incluyen situaciones en que puede la sed de venganza sobre otras actitudes tan necesarias como el perdón y la compasión; a la hora de ejercer el mando, se toman decisiones muy crueles, que incluyen la muerte, y también se producen momentos en que las fuerzas flaquean; lo referente a la no-procreación tiene el contrapunto de un impactante caso límite, que introduce la necesaria humanidad en una norma muy cuestionable; la fe del elegido pueblo judío convive con la desesperanza, reflejada en la triste oración del rabino. También, con unas pocas pinceladas, las justas, se apuntan las relaciones amorosas que protagonizan los hermanos.

Valkiria


Decine21: África, 1943. El oficial alemán Claus von Stauffenberg es herido en acción de guerra, a resultas de lo cual pierde la mano derecha, varios dedos de la izquierda y un ojo. Ya antes de que ello ocurriera, discrepaba de los planes de Adolf Hitler, que han llevado a Alemania al desastre, además de haber propiciado crímenes abominables. Pero ahora, de vuelta en Berlín, se acentúa su convicción de que resulta preciso actuar, es su deber como soldado, patriota y católico no permanecer con los brazos cruzados. De modo que se aliará con un movimiento conspiratorio para asesinar al Führer, convocar a los reservistas, lanzar el boto de humo de un golpe de estado perpetrado por oficiales de la SS y tomar el control con el nombramiento de un gobierno provisional. Se trata de la Operación Valkiria, que deberá arrancar el 20 de julio de 1944 con un atentado en la Guarida del Lobo, en el cuartel de Ratensburg. Además del coronel von Stauffenberg, que diseña la estrategia de la operación, se encuentran conjurados en el complot el general Friedrich Olbricht, el coronel Albrecht Ritter Mertz von Quirnheim y el general Ludwig Beck, entre otros.

Hasta de quince atentados llegó a ser objeto Adolf Hitler, y todos terminaron en fracaso. El cine ha abordado esta oposición interna al líder nacionalsocialista en películas tan apasionantes como Rommel, el zorro del desierto, o La noche de los generales. La incursión de Brian Singer, que ya abordó la temática nazi en Verano de corrupción, adaptación de una obra de Stephen King, resulta harto afortunada. Por un lado, el guión del debutante Nathan Alexander y Christopher McQuarrie -quien ya colaboró con Singer en Sospechosos habituales- es muy fiel a los hechos históricos, que sabe describir sin caer en el embarullo incomprensible, o en la ristra de nombres que ni el espectador más atento sería capaz de retener. La narración posee un dinamismo fantástico, no hay una sola caída de ritmo. Y el suspense acerca de cómo va a discurrir la operación golpista atrapa, ya sea en la preparación del explosivo y en las dudas de los implicados, o por la desinformación acerca del alcance del atentado. Al tiempo, los personajes están muy bien descritos, con rasgos que los humanizan. Tom Cruise compone a un von Stauffenberg resuelto, que sufre por los padecimientos de Alemania, actúa en conciencia y permanece muy unido a su numerosa familia; el actor sabe encarnar su grave determinación, lo que es meritorio en alguien que por sus rasgos tiende a mostrarse risueño. Y se entienden las dudas para entrar en acción de Olbricht o Beck, el pragmatismo cobarde del general Friedrich Fromm, la frustración del general Henning von Tresckow, la confusión del mayor Otto Ernst Remer, o las presiones a que se ve sometido el general Erich Fellgiebel. Si una película merece un premio al conjunto de su reparto es ésta, están perfectamente elegidos y responden Bill Nighy, Terence Stamp, Tom Wilkinson, Kenneth Branagh, Thomas Kretschmann y Eddie Izzard, e incluso los que tienen menor presencia, David Bamber componiendo a Hitler o Harvey Friedman a Goebbels.

No sólo estamos ante cine histórico de primera, respaldado por una estupenda recreación de época y la ayuda que supone rodar en escenarios auténticos, como el edificio Blender, sino que Singer se muestra muy inspirado como cineasta. Es fantástica la idea de iniciar el film con von Stauffenberg escribiendo un diario en alemán, y el modo en que se produce la transición de ese idioma al inglés (o a la lengua en que el espectador escuche la cinta). Cinematográfico y sin palabras, muy visual, resulta ver al protagonista en su hogar, mirando a su esposa e hijos, no hace falta decir nada para saber que por ellos debe tomar importantes decisiones; también, casi a renglón seguido, es muy gráfico el momento del bombardeo mientras suena un disco con la música de Wagner, ese vinilo rayado que enlaca con la idea de la operación Valkiria; y las mutilaciones de von Stauffenberg son utilizadas lo justo, con ingenio, ese 'hail, Hitler', o la torpe manipulación de una cartera. Visto el brío vigoroso de Singer en este film no podemos sino hacer votos para que deje para otros los cuentos de superhéroes y él se dedique a contar historias más dramáticas y hondas, tiene talento de sobra para hacerlo.

Oh Jerusalén


Decine21: Adaptación de la exitosa y voluminosa novela de Larry Collins y Dominique Lapierre, que quiere ser una recreación de los hechos acontecidos alrededor de la creación del Estado de Israel en 1948, poco tiempo después de terminar la Segunda Guerra Mundial. Los autores retoman los hechos históricos y los vierten en sus páginas como si de un amplio reportaje periodístico se tratara, y para seguir un desarrollo ordenado y ampliar el atractivo de la historia introducen personajes de ficción. El director Elie Chouraqui, que adquirió cierta celebridad con la notable Las flores de Harrison, vuelve al terreno bélico y se encarga de trasladar la novela al guión y de convertir éste en imágenes.

El argumento sigue las vicisitudes de dos amigos americanos, Bobby Goldman y Saïd Chahine, uno judío y el otro palestino, que en un momento dado se sienten empujados a trasladarse a Israel para poder ayudar a sus respectivos pueblos. La zona en cuestión arde de ansiedad y de disturbios, ante la inminente retirada de las tropas británicas y la impaciencia que provoca la votación de la ONU acerca de la creación del nuevo país para los judíos. El comienzo de la guerra y del odio entre judíos y palestinos es sólo cuestión de días.

La película se ve con agrado, es entretenida y didáctica a la hora de no ofrecer una frívola y maniquea visión de la situación política de Israel, y logra algún momento de emoción entre los dos protagonistas, amigos por encima de todo. Pero también da la sensación de que la empresa de adaptar la novela se ha revelado a la postre demasiado aventurada. O han faltado medios económicos o la simplificación ha sido excesiva. El caso es que el aire episódico de los acontecimientos resta mucha grandiosidad a una película que demandaba un mayor esfuerzo de producción -desdice demasiado que las tomas panorámicas de Jerusalén no se correspondan a las localizaciones del rodaje- y se echan en falta unos personajes más elaborados. Los actores se esfuerzan y logran estar en su sitio, y llama la atención especialmente un metamorfoseado Ian Holm, que interpreta a Ben Gurion.

La conspiración del pánico


DeCine21: Trepidante película que funciona con el esquema que tan buenos resultados diera a Alfred Hitchcock, piénsese en Con la muerte en los talones, de dos personajes corrientes y molientes inmersos contra su voluntad en una situación extrema. La trama se inicia con el ejército estadounidense desarrollando una operación contraterrorista. A pesar de que una supercomputadora desaconseja ejecutar dicha operación, y el secretario de defensa es del mismo parecer, el presidente la autoriza, con desastrosas consecuencias. Poco después, el joven Jerry se entera de que su hermano gemelo, militar, ha muerto en un accidente. Destrozado por la desgracia, debe enfrentarse además a sus padres, descontentos con el modo en que maneja su vida. De pronto, sin comerlo ni beberlo, se encuentra con que su piso está lleno de material para fabricar bombas; una misterioso comunicante telefónico comienza a darle instrucciones para evitar ser acusado de terrorista. Al mismo tiempo, una mujer, Rachel, descubre con horror que su hijita ha sido secuestrada. Ella y Jerry, que no se conocían, serán obligados bajo amenazas a formar parte de un maquiavélico plan, que podría poner patas arriba a los Estados Unidos, y por ende, al mundo entero.
Steven Spielberg produce este film, dirigido por D.J. Caruso, con Shia LaBeouf de protagonista. Se ve que los tres han estrechado lazos gracias a títulos como Transformers, Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal y Disturbia, y aquí entregan una película la mar de entretenida, concebida como una vertiginosa montaña rusa, donde se acumulan con acierto las situaciones peligrosas y la sensación de indefensión de los personajes, que deben esforzarse por tomar el control de una situación que, aparentemente, les supera. El guión pide al espectador que suspenda su incredulidad, una convención que se acepta fácilmente, de modo que puede uno identificarse con esa especie de persecución de tintes paranoicos a través de teléfonos, satélites y pantallas de ordenador, dando órdenes o rectificándolas de forma desconcertante. Aparte de la referencia hitchcockiana ya apuntada, el film cita muy conscientemente 2001: una odisea del espacio, para advertir acerca de unas máquinas que estarían supliendo al ser humano peligrosamente a la hora de tomar decisiones comprometidas.
LaBeouf va camino de convertirse en una gran estrella. Actúa con gran naturalidad, y da el tipo de joven actual, buen tipo pero algo indolente. Le da buena réplica Michelle Monaghan, una actriz que ha ido creciendo desde sus iniciales papeles secundarios en títulos como Misión imposible III.

El desafío. Frost contra Nixon


Es evidente que al guionista y autor teatral Peter Morgan le fascina sumergirse en la vida de personas reales a la hora de concebir sus obras de ficción. Logros cinematógraficos como El último rey de Escocia (el dictador ugandés Idi Amín), La Reina (Isabel II de Inglaterra, Tony Blair y compañía) y Las hermanas Bolena (Enrique VIII y las hermanas del título), donde se dan la mano autenticidad e interés dramático, son buena muestra de ello. La caída del poder del presidente Richard Nixon en 1974 por el escándalo Watergate, y las entrevistas televisivas que le hizo el británico David Frost tres años después le sirvieron de fuente de inspiración para una obra de teatro, protagonizada por Frank Langella y Michael Sheen, que triunfó en los escenarios de Londres y Broadway. Para su autor, una adaptación cinematográfica era impensable, pero los esfuerzos persuasivos de Ron Howard, director, y Brian Grazer, productor, fueron positivos, y Morgan convirtió su obra en libreto cinematográfico. El resultado en celuloide es cine político de altura, aun con las inevitables simplificaciones, en la línea de títulos como Buenas noches, y buena suerte.
El planteamiento de la trama resulta apasionante, como si de un combate de boxeo se tratara, comparación que le viene al pelo al director de Cinderella Man. A la hora de pelear en el ring televisivo, tenemos a la derecha a un Richard Nixon frustrado por su retirada del poder, triste de que sus logros presidenciales se hayan visto empañados por el Watergate; es alguien que no se resigna al ostracismo, a que su mandato se reduzca, casi, a la nada, a unos hechos vergonzantes; necesitaría, y así lo ven sus asesores, un lavado de imagen cara a la opinión pública, que podría venir de una entrevista televisiva. Pero no de un entrevistador cualquiera, sino de, aspirante al título de supershowman televisivo, David Frost, exitoso por sus programas en el Reino Unido y Australia, pero con fama de frívolo y graciosete.
Hay un momento en el film, en que uno tiene la sensación de estar contemplando "lo de siempre", servido con buenos actores, estupenda reconstrucción de la época, todo el empaque que Hollywood sabe dar a las superproducciones que se toman a sí mismas en serio. O sea, una vez acordado un formato para la entrevista (horas de duración, temas a tratar, etc), vemos la preparación de los equipos de los dos contendientes, bromas, imitaciones de Nixon, declaraciones del tipo "hay que lograr que este tipo se disculpe", la chica de Frost... Todo ello desde una óptica más próxima a la del bando liberal de Frost, que a la de los defensores de Nixon. Eso sí, con un esfuerzo de equilibrio y matización: el ex presidente carece del don de gentes, transpira demasiado, dice obscenidades, piensa mucho en el dólar, abusó de las grabaciones, admitió prácticas delictivas. pero tuvo logros políticos, ama a su país, posee convicciones, es un adversario temible; y Frost es audaz al asumir el reto de la difícil entrevista, y se lleva a las personas de calle... pero tiene la inseguridad de quien se mueve en un "show business" con frecuencia superficial, nota la desconfianza de los que le rodean, es mundano y no se esfuerza todo lo que debiera en preparar sus entrevistas.
Y de pronto... Llega un momento electrizante, quizá lo mejor de la película, que anticipa de modo magistral el clímax de los pasajes reveladores de las entrevistas: la llamada teléfonica nocturna. ¿Realidad?, ¿ficción?, ¿qué más da? El caso es que sirve para establecer una inesperada conexión entre Nixon y Frost, dos personajes no tan diferentes de lo que a simple vista se diría. En ese momento, en que las interpretaciones de Langella y Sheen -que reasumen sus papeles de teatro- brillan a grandísima altura, somos conscientes de que tenemos ante nosotros a dos personas, de carne y hueso. Más o menos criticables, con virtudes y defectos, pero personas al cabo. Con esta magnífico bagaje, hasta se perdona el recurso facilón del investigador, que llega en el último momento con los documentos decisivos para encarrilar la entrevista en la dirección deseada

Cometas en el cielo


Sentida adaptación de la popular novela homónima de Khaled Hosseini. Curiosamente, aunque la obra original se escribió en inglés, y el guión de David Benioff también, la mayor parte de los diálogos del film son en dari y pastún, en aras del realismo. En esa línea los pasajes afganos resultan creíbles, no estamos ante un título exótico con decorados de cartón piedra y occidentales maquillados. Y las escenas en que se vuelan las cometas resultan excitantes, y ayudan a acometer (¿o habría que decir "acometar"? la dura trama.
San Francisco, año 2000. Amir, felizmente casado, recibe ejemplares de su primera novela; tal hecho coincide con una llamada desde Pakistán, lo que despierta recuerdos en parte sepultados, pero nunca olvidados. Corría 1978 y en Kabul, Afganistán, siendo un niño pastún, era amigo de Hassan, a pesar de que éste era de etnia hazara e hijo de Alí, un sirviente de su padre. Ya en esos años había empezado a apuntar su habilidad para imaginar historias, y los dos chicos disfrutaban sobremanera haciendo volar cometas. Pero un hecho traumático va a levantar un muro entre ellos, y el pasar del tiempo, como le previene a Amir su padre, su "Baba", va a pudrir las cosas. La invasión soviética de 1979 obligará a Amir y a su padre a intentar la huida del país, lo que tras varias peripecias conduce a Estados Unidos.
David Benioff y Marc Forster acometían una tarea ardua, pues la novela de Hosseini es rica en acontecimientos dramáticos y secretos vergonzosos, algo que dificultaba atrapar todos los conflictos sin minimizarlos y restarles entidad; y lo cierto es que en un metraje de dos horas salen bastante airosos del reto. Los cineastas atrapan las diferencias étnicas, las posiciones distintas que les toca vivir a Amir y Hassan; de modo que pintar su amistad y las ilusiones propias de la infancia, no impide reflejar en el primero su falta de coraje, el abuso del que puede hacer por su posición de superioridad, y en el segundo una lealtad a machamartillo, que incluso en algún momento podría parecer servil, aunque esté dictada por un amor que le llevaría a hacer lo que hace "una y mil veces", como se repite en varios momentos. Además, se evita que, por la acumulación de situaciones más o menos tremendas -el enfrentamiento de los chicos en la calle, la escena más fuerte de la novela, resuelta con elegancia, además del viaje a la frontera, las difíciles relaciones y la enfermedad del padre, o el regreso al Afganistán de los talibanes...- la película adquiera tintes folletinescos; hay una apuesta por la sobriedad y la contención muy de agradecer. El film habla de los errores -o siendo más claros, los pecados- que todo ser humano comete, junto al sentido de culpa, y la posibilidad de reparar por ellos y redimirse a través del perdón y la entrega al otro, y por la mirada a Dios, resumida en la frase "Hay un camino para volver a ser bueno". Resulta obligado referirse al reparto, perfecto, de actores desconocidos, casi todos reclutados en Afganistán. Los niños son muy naturales, y los adultos hacen un buen trabajo. De éstos sólo puede sonar, tal vez, el rostro de Amir adulto, Khalid Abdalla, a quien se pudo ver en United 93.

Bienvenidos al norte

VALORACIÓN PERSONAL CINEDOSIS: Es una película entretenida para pasar el rato.
Decine21: El francés Dany Boon empieza a sonar fuera de Francia, como intérprete de títulos como Mi mejor amigo. En esta comedia ejerce como director por segunda vez, tras La casa de tus sueños, y es también guionista y actor secundario. El film ha batido el record de espectadores en Francia, donde se aprecia mejor que en ningún sitio sus chistes en torno a las diferencias entre habitantes del sur y del norte. Y sin embargo, también ha funcionado bien en otros países como Alemania.
Philippe Abrams trabaja como jefe de una oficina postal al sur de Francia. Philippe quiere mudarse con su mujer y su hijo a la Riviera francesa, pero al final le envían a Bergues, una pequeña ciudad al norte del país. Los habitantes del sur tienen todo tipo de prejuicios con respecto al norte, porque piensan que allí siempre hace frío y sus habitantes tienen costumbres bárbaras. Philippe decide trasladarse él solo, y regresar a ver a los suyos los fines de semana. Una vez en su destino, descubre que sus nuevos convencinos tienen un dialecto incomprensible, pero son personas amables y el sitio es idílico. Su mujer no le cree cuando se lo cuenta, porque piensa que le oculta la verdad para ahorrarle preocupaciones. Al final acaba siguiéndole la corriente a ella, y le hace creer que lo pasa fatal. Todo va sobre ruedas hasta que la esposa decide irse con él al norte por solidaridad.
El público no francófono que vea esta comedia con subtítulos o doblada -han tenido que hacer un gran esfuerzo para recrear el peculiar lenguaje 'ch'timi' en el doblaje español- intuirá que se está perdiendo gran parte de la comicidad, basada en los malentendidos que se producen porque los personajes del norte cambian letras, y usan vocablos extraños. Aún sin entenderlo todo, arranca sonoras carcajadas porque cuenta con un ingenioso guión con diálogos que encadenan un hallazgo tras otro. Kad Merad -el profesor de gimnasia que acaba siendo aliado del protagonista de Los chicos del coro- se revela como un cómico de lo más eficaz, y forma una memorable pareja cómica con el propio Dany Boon. El desayuno con la madre posesiva, la ronda en bicicleta del jefe con su subordinado tienen mucha gracia, así como la parte que parece una vuelta de tuerca a Dama por un día y Un gángster para un milagro (Frank Capra parece haber sido el modelo a seguir). Aunque busca ser un entretenimiento ligero, da pie a algún pequeño apunte sobre la constancia matrimonial o los riesgos de la mentira. No es de extrañar que Warner se haya apresurado a adquirir los derechos para hacer un remake, en el que Will Smith ejercerá al menos como productor. El mismo argumento adaptado a un 'yanqui' de Nueva York que sea trasladado a un estado del sur también podría dar mucho juego.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Los niños de Huang Shi


Años 30, siglo XX. George Hogg es un periodista inglés que desea informar acerca de la invasión de las tropas japonesas en China. Haciéndose pasar por un conductor de la cruz roja logra salir de la zona franca de Shanghai y adentrarse en el interior, hacia Nanjing. Las atrocidades que allí ve le provocan una conmoción y además están a punto de costarle la vida a mano de los japoneses. Es salvado 'in extremis' por Chen, un combatiente de la resistencia china, educado en Occidente y que sigue los postulados comunistas. Él y la enfermera norteamericana Lee Pearson deciden que Hogg sea enviado para su seguridad a un lugar lejano, el orfanato de Huang Shi. Allí, Hogg entablará relación con un grupo de niños y jóvenes que intentan sobrevivir en medio del caos, la guerra y la carestía de alimentos.
El británico Roger Spottiswoode (El mañana nunca muere) dirige con corrección una historia de valor, solidaridad y amor. Se trata una relato verídico, pues el protagonista existió efectivamente y el guión recrea sus experiencias reales en el país asiático, entonces desmembrado por el enfrentamiento con los nipones y por su propia lucha interna entre los comunistas y las tropas nacionalistas de Chang Kai-shek. La cuidada ambientación es fruto de un esmerado esfuerzo de producción -que se hace notar especialmente en las escenas del tren o de los ataques aéreos- y los elementos dramáticos, desprendidos de una historia que mezcla guerra y amores occidentales en el lejano oriente, recuerdan un poco a películas como El velo pintado o La condesa rusa. Pero aquí, los espectadores quizá echen en falta algo de nervio al conjunto, ya que el guión de los inexpertos Jane Hawksley y James MacManus adolece de cierta monotonía y de algunas caídas de tensión, así como la traslación a la pantalla de Spottiswoode se revela imperfecta en lo referente a la narración temporal de los hechos. Puede ser por esa falta de tensión épica -es inexplicable también la ausencia de una banda sonora de peso- por lo que la historia emociona menos de lo que debería, aunque en honor a la verdad el resultado final siga siendo estimable.
El reparto internacional es sobradamente conocido. Pero mientras que Jonathan Rhys Meyers y Chow Yun-Fat hacen un trabajo únicamente correcto, y por momentos incluso gris, las dos actrices están estupendas: Radha Mitchell en su papel de mujer filántropa y de fuerte carácter, y la elegante Michelle Yeoh en el de una gran señora de negocios.

Nunca es tarde para enamorarse


Dos personas maduras, un encuentro casual, la oportunidad para el amor al caer el día. Él es Harvey, divorciado neoyorquino, cuya hija está a punto de casarse en Londres; le habría gustado ser pianista de jazz, pero ha debido conformarse con crear melodías y ambientes para anuncios comerciales. Y ella es Kate, eterna solterona, que trabaja en una empresa de encuestas en Londres, siempre pendiente de una madre que no para de llamarle, y que desea fervientemente que encuentre al hombre de su vida.Agradable comedia romántica y otoñal, traspasada de buenos sentimientos capaces de conmover al público que "no busca tres pies al gato". El primer tramo del film sirve para que el desconocido Joel Hopkins, guionista y director londinense, trace en parelelo la trayectoria de los dos personajes, y lo hace con estupenda fluidez, sin que parezca artificioso el paso de una narración a otra. Con habilidad juega a amagar, despertando el deseo del espectador, que aguarda a que definitivamente Kate y Harvey entren en la vida del otro. Tiene la grandísima fortuna de contar con dos actores formidables, Dustin Hoffman y Emma Thompson, que bordan sus papeles; no caen jamás en la exageración, y hay química entre ellos, resulta creíble el modo tan normal en que intiman, donde uno y otra gozan de la mutua compañía. Resulta muy atractivo la capacidad de ella para sacar a flote lo mejor de él en relación a la boda de la hija, de la que un Harvey que se siente excluido ha decidido huir. En realidad, toda la cinta invita a aprovechar el tiempo de esta vida, atrapar las oportunidades que surgen e incluso crearlas.
Es ésta una de esas películas que puede despertar en más de un momento la lágrima del público. En tal sentido quizá peca de exageración cierto acontecimiento ya avanzada la cinta, que se diría un guiño no bien resuelto a Tú y yo. Pero conviene no exagerar este defecto en un film de hechuras clásicas, bien planteado y con muchas virtudes. Además Hopkins sabe guardar el adecuado equilibrio de lo emotivo con algunas buenas ideas humorísticas -el antirrobo del traje que luce Hoffman, la madre que sospecha que su vecino es un psicópata...-, que a buen seguro harán sonreír al espectador.