martes, 8 de julio de 2014

El único superviviente

Con la colaboración del novelista y periodista británico Patrick Robinson, el marine texano Marcus Luttrell escribió en 2007 el impactante libro autobiográfico “Lone Survivor: The Eyewitness Account of Operation Redwing and the Lost Heroes of Seal Team 10”. Ahora, el cineasta neoyorquino Peter Berg (“El tesoro del Amazonas”, “Hancock”, “Battleship”) lo adapta en “El único superviviente”, angustiosa película bélica, con un duro estilo hiperrealista, similar al del magistral arranque de “Salvar al soldado Ryan” o al de producciones más recientes, como “Black Hawk derribado”, “Green Zone: Distrito protegido”, “La sombra del reino” —del propio Berg— o “La noche más oscura”. El 28 de junio de 2005, Marcus Luttrell (Mark Wahlberg) y sus compañeros Michael Murphy ( Taylor Kitsch), Matt Axe Axelson (Ben Foster) y Danny Dietz (Emile Hirsch) —pertenecientes a un comando de los Navy SEALs (Sea, Air, Land Teams)— iniciaron la encubierta Operación Alas Rojas (Operation Red Wings). Su misión era “neutralizar” como fuera al peligroso líder talibán Ahmad Shah (Yousuf Azami), escondido en la remota región montañosa de Kunar, en Afganistán. Ya instalados en las inmediaciones de su cuartel general, el encuentro con unos lugareños les obligó a tomar una peliaguda decisión moral, a consecuencia de la cual fueron perseguidos a muerte por un centenar de enfurecidos talibanes, mientras intentaban sin éxito contactar con sus mandos para recibir apoyo aéreo. Sólo el líder de una aldea pashtun, Gulab (Ali Suliman), se atrevió a prestarles ayuda frente a los fundamentalistas. Ciertamente, pesan la cierta estructura narrativa de videojuego que padece la película, la violenta explicitud de sus imágenes —esas dolorosísimas caídas por las rocas…— y su tono decididamente hagiográfico y patriótico, con ramalazos patrioteros demasiado complacientes con la belicista política exterior de Estados Unidos. Pero esos excesos se compensan en parte con la alta calidad de la puesta en escena de Berg —de tensa planificación y trepidante montaje—, y con su esfuerzo para enriquecer la conmovedora veracidad y fisicidad de todas las interpretaciones con reflexiones dramáticas y morales de entidad, muchas de ellas, con una alta capacidad emocional, sobre todo las que exaltan el compañerismo de los protagonistas. Queda así una notable película bélica, que entusiasmará a los aficionados al género.(Cope  J. J. M.) (Decine21 / Almudí JD)

Mucho ruido y pocas nueces

Después de crear la popular serie televisiva “Buffy, la cazavampiros”, el neoyorquino Joss Whedon se consolidó como guionista en “Alien resurrección” y en superproducciones de animación de la talla de “Toy Story”, “Titan A.E.” o “Atlantis: El imperio perdido”. Esto le permitió dirigir diversos episodios de populares series televisivas—como “Ángel”, “The Office” o “Dollhouse”—, dar el salto al cine en 2005 con “Serenity” y triunfar en todo el mundo siete años después con “Marvel Los vengadores”. Entre el rodaje de esta última película y el inicio de su postproducción, Whedon filmó en poco más de diez días —en su propia casa de Los Ángeles, en riguroso blanco y negro, con actores amigos suyos y coproducida con su esposa Kai Cole— “Mucho ruido y pocas nueces”, fresquísima y anacrónica adaptación de la primera comedia de William Shakespeare. El Príncipe Don Pedro de Aragón (Reed Diamond) regresa victorioso de una batalla acompañado de su siniestro hermano bastardo Don Juan (Sean Maher), del inteligente Benedicto (Alexis Denisof) y del romántico Claudio (Fran Kranz), un joven florentino que ha sido colmado de honores por el gran valor mostrado en el campo de batalla. Son recibidos con gran regocijo por el caballero Leonato (Clark Gregg), que vive con su bella hija Hero (Jillian Morgese) y su sarcástica sobrina Beatriz (Amy Acker) en una lujosa villa de Mesina (Sicilia). Beatriz y Benedicto dicen no creer en el amor, y se lanzan puyas sin piedad. Por el contrario, Claudio sí cree en Cupido, y desea casarse con Hero, que le corresponde. Entonces, Claudio, Hero, el Rey Don Pedro y las criadas preparan un sofisticado enredo para unir a Beatriz y Benedicto. Pero el envidioso Don Juan se entera del plan, y urde una calumnia infame.   En “Mucho ruido y pocas nueces”, Joss Whedon confirma su talento como guionista, actualizando la obra de Shakespeare casi sin modificar su texto original ni sus certeras reflexiones sobre el amor, la lealtad, la envidia y la mentira. En este sentido, es clave su sensacional dirección de actores —todos están espléndidos—, que logra el milagro de que el espectador asuma como real la irreal situación. Además, se luce en su puesta en escena, siempre al servicio de los actores y con una planificación enormemente imaginativa en el exhaustivo aprovechamiento de su luminosa casa, en sí misma atractiva, pues fue diseñada por su esposa Kai, que es arquitecta. Finalmente, el propio Whedon firma el fluidísimo montaje y hasta la bella banda sonora, que incluye varias canciones románticas preciosas. Sólo cabe reprocharle algún detalle un tanto grosero en las escenas sexuales. (Cope J. J. M.)

Doce años de esclavitud

En 1841, veinte años antes del inicio de la Guerra de Secesión, Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor) es un hombre negro libre, que vive tranquilamente en Nueva York con su esposa Anne (Kelsey Scott) y sus hijos Margaret (Quvenzhané Wallis) y Alonzo (Cameron Zeigler). Hasta que un día es secuestrado y vendido como esclavo en Louisiana, sin poder despedirse siquiera de su familia. Entonces, Solomon pasa por diversas plantaciones en las que debe luchar para continuar vivo e intentar preservar su propia dignidad, sobre todo frente a la crueldad del capataz Tibeats (Paul Dano) y del amo Edwin Epps (Michael Fassbender). Alimentada por inesperados gestos de amabilidad y ayuda —por ejemplo, de su amo Ford (Benedict Cumberbatch)—, su esperanza no le abandonará a lo largo de su odisea de doce años. El encuentro de Solomon con el abolicionista canadiense Bass (Brad Pitt) cambiará su vida para siempre.   Basada en la propia autobiografía de Solomon Northup —publicada en 1853—, esta película del londinense Steve McQueen (“Hunger”, “Shame”) es una de las cintas más duras que se hayan hecho nunca sobre la esclavitud en Estados Unidos. Se podría objetar a la película la explicitud de su violencia extrema, con algunas escenas que recuerdan demasiado a la también crudísima “La Pasión de Cristo”, de Mel Gibson. Pesa además esa bondad maniquea que se atribuye en tantos filmes a las víctimas de la Historia: judíos del Holocausto, negros de la esclavitud, republicanos en la guerra civil española...   A pesar de esos dos discutibles elementos, “12 años de esclavitud” es una película notable, muy impactante, llena de momentos de buen cine, y con una brillante gestión de la emotividad. Pilares de este éxito son actores de la talla de Chiwetel Ejiofor, Michael Fassbender, Paul Giamatti, Benedict Cumberbatch o Brad Pitt. Estos dos últimos encarnan a los personajes más interesantes, más humanos, y que además son los más cristianos. Porque el tratamiento de la religiosidad es profuso e interesante en el filme. “12 años de esclavitud” comenzó ganando el Premio del Público en el prestigioso Festival Internacional de Cine de Toronto, ha obtenido ya diversos galardones importantes de la crítica estadounidense y ahora se perfila como una firme candidata para los Oscar, después de haber sido nominada a los Globos de Oro en siete categorías: mejor película dramática, director, guion, actor de drama (Chiwetel Ejiofor), actor secundario (Michael Fassbender), actriz secundaria (Lupita Nyong'o) y banda sonora (Hans Zimmer). J. O. (“Alfa y Omega”). (JD Almudí)